Opinión

Capacidad de autoaniquilación

Por: Diario Concepción | 02 de Junio 2018
Fotografía: Archivo.

París, 16 de agosto, era pleno verano con un sol abrasador. En la ciudad luz se producía la más grande invasión de la historia. Esa mañana, una cantidad de enormes buses se alineaban silenciosa y estratégicamente en la elegante y tranquila Ile de Saint Louis. Desde ellos brotaban como arte de magia grupos de personajes de estilizadas figuras, de ademanes parsimoniosos, de rostros enigmáticos con miradas fugaces pero agudas e inteligentes.

Los japoneses invadían París desplazándose por el muelle de l’Horloge, avanzaban por el costado de la Sainte Chapelle, rodeaban en cuestión de minutos l’Hotel de Dieu, se introducían sigilosamente por la imponente Notre Dame. Atravesaban sin mayor dificultad Le Pont de Saint Louis, para dividirse estratégicamente, con la rapidez de un rayo por los puentes que rodean el Sena. El paseo de Bourbon y el de Anjou, con sus históricas mansiones, escuchaban el acompasado sonido de sus pasos, menudos, silenciosos, casi felinos. Ningún obstáculo se vislumbraba ni hacia el norte ni hacia el sur. El sol naciente les indicaba cómo desplegar su artillería, refinada, moderna, compuesta de comandos automáticos, de inteligencia artificial y rayos láser. Instrumentos que eran manipulados a través de movimientos precisos, rayanos a la perfección.

Eran las 8.15 de la mañana, el blanco se había focalizado… 3… 2… 1. L’ Ile de Saint Louis estallaba en una explosión de luz de mil fragmentos, desarticulada, diluida por breves segundos de la faz del planeta. Después…silencio…calma, solo el ruido del lento fluir del Sena. Nada parecía sugerir que de aquellos refulgentes estallidos provocados por miles de aparatos inteligentes, emergerían las más estéticas imágenes visuales, que reconstruirían ese tiempo en el recuerdo sustrayendo la imagen de su cadencioso movimiento.

París 16 de agosto de 1945, era pleno verano. Allá lejos, en el Imperio del Sol naciente se ubicaba estratégicamente un avión en medio de un tranquilo océano. Silencio… sólo se escuchaba el ruido de los motores y la agitada respiración del piloto. El blanco se había fijado con precisión casi perfecta. Eran las 8.15 de la mañana se daba la orden de apretar el botón. La ciudad estallaba en mil fragmentos, desarticulada, desintegrada en milésimas de segundos. Después nada… sólo calma. Un ente extraño asume la forma de un poste totémico de estructura piramidal, abajo de color pardo al centro color ámbar, la cúspide blanca. Un hongo ciclópeo aumenta la altura de la columna, al fin toma el aspecto de una flor con sus pétalos gigantes hacia abajo. ¡La destrucción ha ocurrido en milésima de segundos! El mundo se convulsiona, la historia no vuelve a ser la misma, una verdad terrible, terrible se empieza a gestar en las mentes más lúcidas: la capacidad de la humanidad de autoaniquilarse, de borrarse a sí mismas en cuestión de segundos de la faz de la tierra.

El aire puro, el sol, la tranquilidad de l’ Ile Saint Louis pareciera atraer a los turistas años tras años. Con la precisión de un cronómetro invaden con sus cámaras fotográficas la diminuta y residencial calle de Boutarel o bién se apoyan en el muelle d’Orléans para ver pasar por el Sena los pequeños barcos que transportan mercadería hacia Alemania, o se detienen a contemplar las elegantes boutiques y admirar los relojes incrustados en los muros de edificios que hablan de siglos de antigüedad o simplemente observan reflexivamente a los niños que juegan inocentemente en pleno aire, sin sospechar siquiera que la tierra es el único planeta que tenemos.

Al rememorar el inicio de la era nuclear, quisiera creer que en alguna parte del inconsciente colectivo humano, existe un código de alarma que al ser activado generaría respeto, cuidado, admiración y protección por toda manifestación de vida. Este impulso vital, pienso yo, mostraría un horizonte donde la reconstrucción “del mejor mundo posile”(Leibniz) sería una realidad.

Gloria Abarca Berenguela
Profesora de Estado en Filosofía
Estudios Doctorales Universidad Paris VIII
Magister en Sicología Universidad Paris VIII

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