Opinión

La sigilosa trampa de la resignación

Por: Procopio | 11 de Mayo 2018

Rousseau, el autor de “Contrato Social”, obra que, no sin razón, resulta inspiradora para la Revolución francesa, lanza una idea inquietante en plena ilustración, como ahora, en plena idolatría del progreso: “Con el progreso sabemos lo que ganamos, pero no sabemos lo que perdemos”. La propuesta de Rousseau, es que el hombre puede experimentar una regresión moral, que la sociedad le pervierte, puede hacernos envidiosos, ambiciosos, entre otras posibilidades,  partiendo de la base que nacemos buenos. Salvo que a esa tendencia, descrita por este filósofo, se le  oponga otra de a lo menos igual magnitud y en sentido contrario. A lo mejor es ese el sentido de muchas leyes, mantenernos dentro de las normas, de la ética, hacer de nosotros ciudadanos auténticos, votando leyes que traten de dar prioridad, en el corazón mismo del deseo, al interés general, por sobre el interés particular.

Lamentablemente, se aprende rápido a jugar con las reglas del juego imperantes, reglas dudosas para juegos  no siempre limpios, pero así se aprende a sobrevivir en un mundo imperfecto. Sin embargo, no debería perderse la definición del bien por sobre el mal, del recto proceder por sobre las trampas y por lo mismo, no deberíamos perder la capacidad de indignarnos frente a situaciones, tristemente abundantes, de las malas prácticas, delitos repetidos, basura excesiva, procedimientos torcidos, compra  de conciencias y doble estándar, como ejemplos de un interminable inventario.

Tiene que haber una reserva moral, que aunque parezca añeja tiene que terminar por prevalecer si se quiere formar una sociedad en equilibrio, donde se pueda convivir con confianza y en paz, de lo contrario seguiremos siendo, aunque disfrazados de modernos, esencialmente cavernarios.

PROCOPIO

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