Opinión

Feliciano: el puntero que desbordaba risas

Por: Paulo Inostroza | 02 de Abril 2018
Fotografía: Arturo Fernández Vial | Facebook

La primera vez que fui a su casa me costó dar con la dirección. “Pero si es la que está pintada de negro y amarillo, al lado del negocio”, me retó la Mari. Y ahí estaba el Chanito, que me sirvió una bebida, aunque me dijo que tenía más bien cara de chela. Sonrió y así fue toda la conversación. De tallas, risas y mucha historia porque el hombre conocía la vida de Vial al revés y al derecho. A veces se parecía al personaje del Gran Pez y me costaba distinguir qué era real y qué era aderezo en su relato, pero me daba lo mismo. Pucha el viejo entretenido.

Había pasado por todos los oficios y profesiones. Me contó todas las ofertas que tuvo para irse a clubes grandes, incluso de Santiago. “Pero, hijo… Yo soy del Vial. Antes tú no te ibas a otro lado solo por plata”. Me contó que le caía mal el Conce porque no los dejó entrar al profesionalismo y que él hizo de dirigente esos años y ganaron el cupo a pura astucia y picardía. Se paró del asiento, con sus piernas aún fuertes, y me mostró los cuadros uno a uno. Me relató las campañas del ’58 y ’59, empezó a contar quienes estaban vivos y bajó la mirada cuando su dedo pasó por los otros. De inmediato, otra broma. La pena viene, pero nunca se queda a tomar once.

Me habló con orgullo de sus hijos y, sobre todo, de su señora. De su funeral y el féretro pintado de amarillo y negro. “¿Se imagina cuándo muera yo? No va a haber dónde meter tanto vialino”.

El “Loco” sonreía porque sentía que la muerte estaba muy lejos, que era demasiado rápido para que lo alcanzara. “La echaba a correr y no me agarraba nadie. Me pegaban y seguía”. Me contó que le gustaba ver los partidos solo porque los jugadores lo hacían enojar. Se ubicaba detrás del arco y ahí caminaba de un lado a otro. Hablaba del Vial, del Vial y del Vial. Y así tenía que ser, si Feliciano y el Vial son una misma cosa.

También hablamos de Onofre Pino, su gran amigo. Me confesó que en sus últimos días iba a verlo y el ex portero ya no lo reconocía. “Soy el Chanito”, le decía, pero nada. Y nunca se me olvidó esta frase: “yo voy a hacerlo reír por las tardes, pero cuando me voy lloro. Imagínese que su gran amigo ya no lo conozca. Pero no importa, mañana tengo que ir de nuevo a sacarle una sonrisa”. Por eso, tres días antes de su muerte fui a su casa, con mi papi, que también lo quería mucho. Ahora hay aplicaciones para ubicar las casas así que ya no me perdí, otra vez estaba ahí la Mari. Muchos fueron a verlo, su familia siempre estuvo ahí y yo me asusté un poco. Todos sabíamos que le quedaba poquito. Al irme, tomé su mano y solo pude decirle “gracias, Tío. Gracias por tanta sonrisa”. Él me cerró un ojo y siguió mirando al techo.

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