Opinión

Entre vasos a medio llenar

Por: Procopio | 10 de Enero 2018

Está bien que seamos quejosos con la ciudad, ya que eso indica que nos importa, nos la pasamos mirando los puntos negros; molestos, visibles, audibles, inevitables, desplazando, sin dificultad, a los puntos blancos, los cuales, por su propia y equilibrada existencia, resultan sin ruido, discretos y dados por entendidos. Inadvertidos, salvo para aquellos que solo ven las cosas lindas, los menos. El silencio de las cosas buenas y el estrépito de las malas cosas.

A pesar de todos los problemas de la ciudad de Concepción y su entorno inmediato y la indudable necesidad de atenderlos, es conveniente hacer un inventario de las razones por las cuales no debería cesar el esfuerzo mayor y el compromiso indeclinable por llevarla a la plenitud de su potencial.

Empezando por su centro urbano, la plaza, más que centenaria, desde el cambio de sitio de la ciudad en 1752, inaugurada de nuevo en 1856, con la pileta tallada en piedra rosada de San Rosendo y columna con la diosa Ceres. Llena de vida, con personas de todas las edades, sin bancos ociosos, espacio de socialización e identidad ciudadana. Las galerías comerciales; refugio seguro en tiempos de lluvia interminable, rutas interconectadas con casi infinitas combinaciones. Los parques y las plazas repletas de niños, para muchos visitantes la ciudad verde, en contraste con otras selvas de cemento. El viento, que renueva el aire. La proporción generosa de días perfectos, es decir el número elevado de días ni demasiado fríos ni demasiado tórridos.

La ciudad está cerca de todo, no hay distancias insalvables, ni con sus ciudades vecinas, ni con las áreas de servicio y comercio.  Es posible ir en tiempos razonables al mar o la nieve. Ciertamente que vale la pena cuidarla

 

                    PROCOPIO

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