La inacción de las autoridades deja de ser una falta administrativa para transformarse en un abandono de deberes éticos. Los testimonios de residentes no son simples quejas de vecinos hipercríticos; son desgarradores relatos de supervivencia doméstica en nuestros barrios.
Para la mayoría de las personas, el sonido de la lluvia sobre el techo representa un motivo de pausa, cobijo o nostalgia. Sin embargo, para los vecinos adultos mayores del sector Parque Central en Hualpén, cada frente de mal tiempo es una amenaza inminente. El invierno en nuestra región del Biobío ha dejado de ser una simple estación climática para convertirse en un factor de angustia sostenida, donde el agua no solo anega los patios y destruye enseres, sino que mina silenciosamente la salud mental y física de quienes solo buscan habitar sus últimos años con un mínimo de tranquilidad.
El reciente fallecimiento de la vecina Gabriela Sanhueza nos enfrenta a la cara más cruda e imperdonable de la negligencia urbana. Cuando el estrés crónico provocado por ver el propio hogar inundado deriva en un desenlace fatal, la inacción de las autoridades deja de ser una falta administrativa para transformarse en un abandono de deberes éticos. Los testimonios de residentes como Mario, María Luisa y Celinda no son quejas de vecinos hipercríticos; son desgarradores relatos de supervivencia doméstica. Tablas improvisadas para frenar el agua que terminan en caídas y fracturas, heridas en las manos tratando de evacuar el patio, muebles perdidos que nadie repondrá y noches enteras sin dormir velando el nivel de las anegaciones.
Es inaceptable que tras más de 15 años de advertencias, diagnósticos y promesas de infraestructura, la respuesta del Estado siga estando ausente o llegando demasiado tarde. La tercera edad no puede ser sinónimo de alerta permanente ni de humillación cotidiana. ¿Cuántas vidas más deben deteriorarse, cuántos accidentes deben ocurrir para que se ejecuten las obras colectoras y de drenaje pluvial definitivas que requiere Hualpén?
El desarrollo de una ciudad no se mide únicamente por el cemento desplegado en sus grandes avenidas, sino por la protección que brinda a sus habitantes más vulnerables. La dignidad de envejecer no cabe en un discurso protocolar si, a la primera llovizna, nuestros adultos mayores deben habitar en la impotencia y el miedo.