Deportes

¿Un atleta de alto rendimiento nace o se hace?

Por: Samuel Esparza | 23 de Octubre 2017
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Remo, canotaje y halterofilia. Tres disciplinas en las que Bío Bío, y la provincia gozan de un poderío histórico indiscutible, con seleccionados nacionales en distintos procesos.

Si bien, en estos casos destaca el aporte de los CER del IND, el trabajo de los clubes, y el compromiso de entidades como la UBB (pesas), cabe preguntarse qué otro factor influye para este fenómeno.

En los deportes náuticos, podría argumentarse que tal éxito, se debe a la cuota de lagunas que bañan la Región. Pero, ¿y qué pasa con aquellas zonas del país, que no exhiben los mismos logros teniendo grandes espejos de agua?

Hay un elemento que hace años viene siendo objeto de estudio por los expertos del deporte: el factor genético ¿Puede ser el componente hereditario explicar el talento deportivo? Sabidos son, en el caso de la halterofilia por ejemplo, un par de estudios hechos por profesionales sudamericanos, que determinarían la existencia de un gen de la fuerza entre los originarios del territorio de la provincia de Arauco.

A partir de lo anterior, podría deducirse que el biotipo sería factor clave a la hora de determinar qué deportista llegará al alto rendimiento, en algo así como una garantía para aspirar al alto rendimiento.

¿Raza superior?

En el mundo de la velocidad, existe una estadística que habla por sí sola: en todos los Juegos Olímpicos posteriores al boicot de Estados Unidos en 1980, la totalidad de los finalistas en los 100 metros planos masculinos, independiente de sus nacionalidades, tienen ascendencia reciente de África Occidental subsahariana.

Eso se traspasó a las mujeres en las tres últimas citas olímpicas (sólo con excepción de la sprinter holandesa, Dafne Schippers). A eso se suma a que todas las campeonas (excepto la bielorrusa, Yulia Nesterenko en Atenas 2004), también son descendientes de aquel sector del continente negro.

Referente máximo es el gran atleta jamaiquino, Usain Bolt, quien acaba de retirarse de la actividad en el Mundial de Londres, con el palmarés más brillante en la historia de la velocidad masculina, merced a ocho oros olímpicos (2008, 2012 y 2016), y récords de 9”58 en el hectómetro y de 19”19 en el doble hectómetro (ambos en el Mundial de Berlín 2009).

Con 41 zancadas para cubrir los 100 metros; tiempo de contacto con el piso de 0,08 segundos por pisada; ritmo cardiaco de 220 pulsaciones por segundos; una longitud de zancada de 2,4 metros, y unas fibras explosivas con 80% de músculos de contracción rápida ¿Puede negarse en él, un biotipo perfecto para la velocidad?

¿O de sus compatriotas? Porque, cómo se explica que un pequeño país como Jamaica, con menos de 3 millones de habitantes, sea potencia en el medallero olímpico gracias a la tradición de sus sprinters. Una estela de éxitos que destaca con mayor fuerza en la última década y media, y que se remonta a gestas de sus pioneros de la velocidad como Arthur Wint (primer oro olímpico de Jamaica, en los 400 metros de Londres 1948); Herb McKenley (cuatro oros en dos Juegos: 1948 y 1952); Don Quarrie (cuatro medallas olímpicas), o la inolvidable Merlene Ottey, nueve veces podio olímpico entre 1980 y 2000.

En su libro “El Gen Deportivo”, el periodista de Sports Ilustrated, David Epstein, hace referencia a la teoría del “Esclavo Guerrero del Velocista Jamaicano”, donde analiza el estudio que, desde la Universidad de Glasgow, promovió el científico Yannis Pitsiladis en colaboración con Errol Morrison, sobre el ADN de los velocistas jamaicanos. Basado en muestras de sangre que corroboran la constante presencia del Actn3 (gen que codifica la velocidad), y la huella de la herencia genética de los esclavos llegados de África Occidental a Jamaica durante la colonización británica, muchos de los cuales huyeron a las zonas montañosas del noroeste, convirtiéndose en temibles guerreros. Pitsiladis sugiere que “los sprinters olímpicos proceden de ese repertorio genético de guerreros”.

Pitsiladis comprobó que, junto con producir la mayor cantidad de los mejores velocistas del mundo (los plusmarquistas canadienses y británicos son expatriados de Jamaica y los grandes velocistas norteamericanos tienen frecuentes raíces de ese país), muchos proceden del pequeño distrito de Trelawny, el mismo lugar donde los mencionados guerreros se asentaron.

Da la casualidad que, entre otros, tanto Usain Bolt como su compatriota, la estrella olímpica Verónica Campbell-Brown, provienen del mismo sitio. Igual que el tristemente célebre ex atleta, Ben Johnson.

En forma similar, se habla del “gen del fondo” de los pueblos del llamado Cuerno de África: Kenia, Etiopía y Somalia, cuyo deportistas tienen una constitución física muy diferente. Kenia es el país que alberga el mayor número de corredores de clase mundial por media de población, y en sus calles sin pavimentar se puede hallar a jóvenes promesas tan buenas, que retan y superan a medallistas olímpicos.

Los expertos sugieren que esta superioridad es el resultado de un biotipo especial: piernas más largas que el promedio, junto a pantorrillas con grosor y volumen mucho menor.

10.000 horas para el éxito

A partir de los ejemplos anteriores, parece seguro que, irremediablemente, la raza distingue a un deportista de elite. No así para un importante grupo de especialistas, los seguidores de la regla de las 10.000 horas.

En 1993, tres psicólogos acudieron al prestigioso Conservatorio de Música de Berlín. Los profesores del conservatorio los ayudaron a seleccionar a 10 de los mejores estudiantes de violín (que podían llegar a convertirse en solistas internacionales), a 10 que fueran buenos y pudiesen algún día integrar una orquesta sinfónica, y a otros 10 regulares, que solo optarían a ser profesores.

Luego de entrevistarse con los 30 estudiantes, se evidenció que, pese a sus diferencias de talento, los tres grupos partieron a una edad cercana a los ocho años y dedicaban 50 horas semanales a la música, ya fuera en clases de teoría o ensayando.

Pero surgió una diferencia clave: la cantidad de tiempo que los violinistas de los dos grupos de mayor nivel pasaban practicando por su cuenta: 24,3 horas semanales versus a 9,3 del tercer grupo. Aunque lo más decidor vino después, porque haciendo una retrospectiva en los alumnos de los dos grupos superiores, se determinó que los violinistas de más nivel empezaron a redoblar sus horas de práctica a una edad más temprana. Así, los futuros solistas internacionales acumulaban como media 7.140 horas de práctica en solitario, en comparación con las 5.301 horas del grupo de los “buenos”, y de las 3.240 de los “futuros profesores”.

Los psicólogos infirieron que lo que podría haberse definido como talento musical innato, era en realidad años de práctica acumulada. Conclusión similar encontraron entre los pianistas, por lo que utilizando estimaciones de práctica semanal, establecieron que los grandes músicos, independiente del instrumento, acumulan 10.000 horas de práctica cuando cumplen 20 años. Nacía la “regla de las 10 mil horas”.

Aunque el puntapié inicial de la teoría lo dio en 1973 el premio Nobel de economía, Herbert Simon, quien junto con William Chase, publicó en Scientific American un estudio donde estimaban que los grandes maestros del ajedrez pasaban entre 10.000 y 50.000 horas de su vida practicando, incluidos genios precoces como Bobby Fischer o las hermanas Polgar. En los años siguientes, el análisis se extendió a decenas de disciplinas y profesiones.

Fue así como en el famoso artículo The Role of Deliberate Practice in the Acquisition of Expert Performance (cuyo principal autor fue el psicólogo K. Anders Ericsson), los tres psicólogos hicieron extensivas sus conclusiones musicales al deporte, donde sugerían que la experiencia perceptiva aprendida es más importante que las aptitudes naturales.

¿Quiere decir entonces que las horas acumuladas de práctica están disfrazadas de talento?

Miradas diversas

Yeny Contreras es una de las más grandes taekwondistas que ha dado el país, con medallas panamericanas y un sinnúmero de títulos internacionales.

Pero en su camino, no sólo debió superar la calidad de sus rivales, sino que sus propias limitaciones físicas. Con 1,60 metros de estatura, en las etapas finales de los torneos importantes, casi siempre combatía con oponentes más grandes y con mayor alcance de pegada. Bajo esa experiencia es que Jeny tiene una particular visión del asunto.

“Hay otras cosas que son más relevantes que el biotipo, como la disciplina y la constancia en el entrenamiento. Me tocó pelear con muchas chicas altas, partía en desventaja, pero usaba otras herramientas”.

Y añade, “para mí, lo principal fue el trabajo, yo entrenaba seis y siete horas diarias. Lo mejor en mi caso, es que empecé muy pequeña en el taekwondo, cuando tenía cinco años, entonces tuve muchas horas y años acumulados de entrenamiento”, sostiene.

Al trabajo, dice Yeny, le sumó una voluntad a toda prueba, mezcla que le permitió estar muchos años al más alto nivel. “El carácter me favorecía mucho. En 2014, cuando fue mi última competencia y gané plata panamericana, apenas podía levantar la pierna porque tenía rota la cadera. Llegué con cero entrenamiento por mi lesión, entonces me enfoqué en mis virtudes y apelé a mis años de práctica, a toda mi experiencia para ganar medalla. El trabajo y tesón, me hizo reunir 32 años de taekwondo, 20 de ellos en el alto rendimiento, algo que pocos pueden decir, ya que es muy cansador y estresante, físicamente desgastante. Tengo cinco operaciones en caderas y rodillas, me duele hasta hincarme, pero fue el costo que tuve que pagar para ser la mejor”, sentencia la ex deportista que ahora trabaja en el CER Metropolitano y tiene una academia junto a su esposo (el ex seleccionado Mario Guerra), llamada “Contreras y Guerra Taekwondo Olímpico”, en Santa Elena 1061 Metro Irarrázabal.

A su visión se contrapone la del entrenador de atletismo, Jorge Grosser, para quien la genética marca al deportista de elite.

“El campeón nace. Es como en el arte, usted de chico sabe si pinta o no, si es capaz de hacer trazos. Lo mismo en el deporte, el atleta nace y luego se perfecciona, porque también es cierto que no todos los que tienen grandes condiciones llegan arriba, muchos terminan diluyéndose porque tienen habilidad para muchas disciplinas. Los que tienen un talento sobre la media, pero no ilimitado, son los que generalmente logran brillar, porque le agregan esfuerzo”, parte.

“Lamentablemente, salvo grandes excepciones, en el deporte ‘querer no es poder’. A mí me pueden enseñar a tocar el piano y con mi disciplina lo lograré, pero no seré un virtuoso nunca”.

Grosser plantea una hipótesis: “¿Usted cree que Usain Bolt entrenaba todo el día? Para nada, practicaba lo suficiente porque es un fuera de serie, a un tipo así le basta con un entrenamiento justo para brillar. No así otros, por ejemplo yo tuve a Omar Aguilar, que marcó una época en el fondo chileno. El tenía talento, pero no era un crack, sin embargo destacó porque tenía gran disciplina y fuerza mental. Pero igual poseía una base genética superior al resto, no partía de cero. En el atletismo de elite, la genética marca un 70% y el trabajo un 30%”, finaliza el DT.

Hacia un consenso

El académico de la Facultad de Ciencias de la Educación de la USS y especialista en deportes colectivos, Mauricio González, concuerda con la teoría de Ericsson sobre la práctica deliberada, aunque estima que deben existir elementos de base que el deportista debe poseer al momento de partir.

“Hoy, el desarrollo del rendimiento deportivo en la alta competición establece que ambas premisas son válidas. Por una parte, un deportista para ‘llegar’, debe tener talento natural, pero es imprescindible que añada un trabajo duro, persistente y cuidadosamente planificado. La preparación de la selección española en los JJOO de Barcelona 1992 es un ejemplo de ello”, manifiesta.

Observación que comparte el jefe de carrera de Kinesiología de la Ucsc, Víctor Pérez. “Si bien la genética puede influir en el rendimiento deportivo, no resulta tan determinante. Los genes determinan nuestro potencial para desarrollar muchas características estructurales y funcionales en el rendimiento deportivo, pero no en importancia absoluta”.

“En el caso de los deportistas de alto rendimiento, la contribución genética es muy relevante para determinar sus posibilidades de éxito, no así en deportistas amateurs. Por ejemplo, un estudio (Sundet et al) realizado en gemelos, demostró que aunque más de la mitad de las variaciones en el consumo máximo de oxígeno se debe a diferencias genotípicas, el resto corresponde a factores ambientales individuales, tales como la frecuencia e intensidad del entrenamiento”, añade.

Pérez entrega otro dato. “Se estima que entre el 29% y el 70% de la capacidad aeróbica puede ser heredada, por lo que en muchísimos casos buena parte de lo que hacemos será lo que afecte el rendimiento. Pero, por otra parte, en caso de no tener una ‘genética favorable’, si el medio provee estímulos adecuados y se dan condiciones como planificación, entrenamiento, alimentación, equipo multidisciplinario e infraestructura, se puede alcanzar la alta competencia con éxito”, cierra.

Gatacca: ¿Campeón a la carta?

Un análisis acabado lo entrega Ramón Gutiérrez, médico patólogo, master en medicina regenerativa y director de la reconocida Clínica ReCell, de Concepción, quien asegura que hay consenso en el tema.

“La respuesta apunta a que es multifactorial. En la adolescencia y niñez, un 50% del rendimiento deportivo depende de la genética, lo que quiere decir que la otra parte se subordina a la adaptación del deportista al entorno. Hoy se sabe que, mas o menos, uno de cada 20 millones de individuos tiene una clara disposición al alto rendimiento, o sea que se puede decir a ciencia cierta que tienen un organismo privilegiado. Es decir, que hay muchos deportistas que están trabajando y que no caen en ese grupo, pero que en el fondo estarían resignando no más allá del 50% de su rendimiento final. La conclusión de los estudios es que si posees buena genética, tienes sólo la mitad”, expresa.

Con relación a la “regla de las 10.000 horas”, el facultativo sostiene que, “hay condiciones genéticas que son más entrenables que otras, lo que servirá para algunos deportes. Dentro de las menos genéticas o sea, más modificables, están la musculatura del brazo, el peso corporal, el ancho del tórax, y elementos como la flexibilidad, equilibrio, la precisión, incluso la presión arterial que es algo más metabólico”, indica.

“Evidentemente -continúa Gutiérrez- hay algo más que la genética, muy potente y poderoso, que tiene que ver con la historia de vida del individuo, su voluntad. Pasa con tribus que se han adecuado a distintos climas; pese a que su genética no es tan distinta, tienen una capacidad de sacrificio, una tolerancia, resiliencia, que los lleva a tener un mejor rendimiento”, detalla.

El especialista, concluye con un antecedente casi de ciencia ficción. “Pensando en aquellos que no nacieron con un biotipo aventajado, hoy es posible, a través de una medicina muy avanzada, cambiar la genética de un paciente, por ejemplo de los que tienen anemias, hemofilias o distrofias musculares. Se toma un virus, se le inyecta la información genética correcta y luego se inyecta en el paciente para corregirlo. Es un tratamiento experimental (terapia génica), y falta regularla, porque así como se puede mejorar a un paciente de una enfermedad genética, también puede entrar a seleccionar su color de ojos o su tipo de fibra muscular; ser utilizado con propósitos de selección natural”, cierra.

Un poco de gen, otro de práctica

“Formar un canoísta debe ser de lo más difícil, ya que en solo subir y no caerse, un atleta demora un mes; en remar, dos meses más y, en hacerlo bien, seis a ocho. El somatotipo (composición corporal) y las condiciones atléticas son claves, hay que ser fuerte por ser disciplina de velocidad, así que juega la genética, donde la influencia mapuche está bien expresada en el gen de la fuerza. Pero por ser tan técnico, definitivamente un canoísta se forma”, asegura el DT Gualberto Mesa.

Desde el remo, el entrenador del CD Inger, Juan Labra, da su visión. “En los años ,‘70 y ‘80 la Región destacó por un equipo numeroso de remeros con características internacionales. Actualmente, se reunió nuevamente una buena cantidad de remeros de peso libre internacional (sobre 1,85 metros de estatura y 80 kilos de peso), aunque aun no tan masivo como en las potencias mundiales. De seguro en esto confluyen una serie de factores, económicos, sociales”, estima.

Y agrega, “en lo personal, soy de la idea que el deportista se hace, pero qué tan lejos pueda llegar va a depender de factores genéticos, familiares, económicos y entrenamiento, entre otros. Un enorme número de pequeños detalles que hacen la gran diferencia”, apunta.

Visión compartida por Hernán Cerro, técnico del Alemán. “Primero trabajo, y el biotipo pero por selección natural. El chileno no tiene biotipo especial, salvo en la categoría ligero. Hasta las hermanas Abraham, que son talentosas, deben sus grandes resultados al trabajo y esfuerzo personal”, concluye.

Al parecer, esta “lucha” entre genética y largas horas acumuladas de práctica, se define en empate. Aunque una frase de David Epstein, parafraseando a un entrenador africano de corredores de elite en el epílogo de su libro, incline la balanza: “Nunca vi a un niño lento volverse rápido”.

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