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La perforación es solo el comienzo: cómo un piercing puede derivar en años de rehabilitación

Profesionales de la salud entregan recomendaciones para identificar factores de riesgo, cuidar la cicatrización y reconocer las señales de alerta.

Por: Hugo Ramos Lagos 28 de Junio 2026
Fotografía: Anima Piercing Studio.

Caminar por la ciudad basta para comprobar que los piercings dejaron hace tiempo de ser una forma de expresión corporal de unos pocos. En universidades, cafés y calles es cada vez más habitual ver pequeñas joyas o accesorios en el tabique nasal, el cartílago de la oreja, los labios o las cejas.

Lo que durante años fue asociado a determinadas tribus urbanas —o, simplemente, a la rebeldía juvenil— hoy forma parte de la cotidianidad y atraviesa múltiples generaciones. Pero su masificación también ha traído nuevas conversaciones: ¿cómo elegir un estudio?, ¿qué materiales son los más seguros?, ¿cuánto demora la cicatrización o qué cuidados requiere una perforación?

Ahora bien, entre todas esas preguntas hay una que suele aparecer recién cuando el problema ya existe. Se trata de los queloides, una cicatriz patológica que puede desarrollarse tras un trauma en la piel y convertir una perforación de apenas unos milímetros en un tratamiento que puede extenderse durante meses e incluso años.

Para entender qué hay detrás de estas cicatrices, Diario Concepción visitó el Centro de Rehabilitación de Coaniquem en San Pedro de la Paz, institución históricamente conocida por atender a niños y adolescentes con quemaduras, pero que hoy también recibe pacientes con cicatrices complejas originadas por mordeduras, heridas, vacunas, acné y perforaciones para piercings.

Antes de hablar de estas últimas, la doctora María Gabriela Hidalgo, fisiatra y jefa del Equipo de Rehabilitación de Coaniquem, hizo una precisión que, a su juicio, cambia por completo la forma de entender el fenómeno.

“El tema de los piercings es bien atractivo, pero la verdad es que nosotros tratamos queloides”, afirmó. Aquella precisión no es menor, ya que Hidalgo explicó que estos “son secundarios a diversos traumas en la piel y responden a un proceso de proliferación excesiva y una cicatrización patológica”.

Según ella, el trabajo de Coaniquem ya no se limita a las secuelas de las quemaduras, sino que también aborda otras cicatrices complejas: “Nos hemos abierto a tratar otras cicatrices más allá de las quemaduras. Por supuesto que hemos tenido mayores consultas por queloides asociados a piercings, porque hoy tenemos la posibilidad de tratarlos correctamente”.

Coincidente se mostró Carlos Vera, director del Centro de Rehabilitación de Coaniquem Biobío, quien atribuye que “el mayor uso de piercings ha ocasionado que esta situación de queloides producidos por los piercings esté siendo traída a Coaniquem”.

El factor de la genética

Aunque la mayoría de las heridas evoluciona sin mayores complicaciones, Hidalgo explicó que toda cicatrización atraviesa cuatro etapas y que la última de ellas, denominada remodelación, puede prolongarse durante meses o incluso años. “Hay factores genéticos, inflamatorios y mecánicos que hacen que los fibroblastos empiecen a producir colágeno de manera exagerada. La cicatriz sigue creciendo y termina formándose una especie de tumor benigno de piel”, explicó.

La especialista agregó que la principal característica del queloide es que sobrepasa los límites originales de la lesión, diferenciándose de una cicatriz común. Esa condición también determina una forma completamente distinta de enfrentar el tratamiento. “Uno no puede llegar y decir: ‘Es un queloide, lo opero y listo’. Ese es un gran error”, advirtió.

Dicha advertencia no es exagerada. Durante el diálogo, Hidalgo recordó haber visto queloides auriculares que, tras años de crecimiento y tratamientos incompletos, alcanzaron un tamaño similar al de un puño cerrado. “Son malos, malos, malos”, resumió para describir el comportamiento de estas cicatrices cuando no reciben un manejo adecuado.

Según detalló, el tratamiento comienza intentando disminuir la actividad biológica de la lesión mediante compresión, manejo dermatológico y seguimiento interdisciplinario.

“La cirugía no es la salida; es parte de todo un proceso enorme de rehabilitación”, resumió. En ese sentido, advirtió que una resección quirúrgica sin tratamiento posterior presenta una alta probabilidad de recurrencia. “Si yo saco un queloide y no hago nada más, el 100 % de los pacientes recae”, concluyó.

El proceso de rehabilitación

Terminada la conversación, Carlos Vera invitó a Diario Concepción a recorrer las dependencias donde ese tratamiento cobra forma. La primera puerta no conduce a una consulta médica, sino a un taller donde máquinas de coser conviven con moldes de brazos, manos y torsos, además de rollos de telas elásticas que luego se transforman en prendas confeccionadas a la medida de cada paciente.

“Esto se entrega gratis a los niños”, comentó mientras sostenía un body elaborado para un paciente con una extensa cicatriz en la espalda. Tales prendas forman parte de la presoterapia, una de las principales herramientas utilizadas para controlar la evolución de las cicatrices durante la rehabilitación.

El recorrido continúa entre salas de kinesiología, terapia ocupacional y apoyo psicosocial, reflejando el enfoque interdisciplinario que, según Vera, requieren estas lesiones.

Como ejemplo, recordó el caso de una niña de Cabrero que, tras caer sobre un alambre de púas cuando tenía cuatro años, desarrolló una cicatriz que dejó de crecer con ella. Con el paso de los años comenzó a retraerse, limitó progresivamente su movilidad y terminó alejándose incluso del colegio. Tras varias cirugías y un largo proceso de rehabilitación, hoy recuperó gran parte de su funcionalidad.

Prevención dentro del oficio

Si el recorrido por Coaniquem permitió entender qué ocurre cuando una cicatriz se vuelve patológica y cómo puede acompañar durante años a un paciente, la siguiente parada llevó a Diario Concepción al momento en que las historias convergen: la decisión de hacerse un piercing.

En el centro de Concepción, a pasos de la Plaza Perú, José Manuel García recibe a quienes llegan hasta Anima Piercing Studio, estudio especializado del que es fundador y perforador profesional.

Antes de preparar cualquier aguja, conversa con cada cliente, preguntando siempre dónde se quiere realizar la perforación, revisando la anatomía de la zona, consultando por antecedentes de cicatrización y explicando con detalle el procedimiento. Solo después abre el material estéril y prepara la joyería que utilizará.

Piercings en el rostro / Foto: Anima Piercing Studio.

“No solamente colocamos una joya y ya está. Un perforador profesional tiene que tener conocimientos de anatomía, de cicatrización, protocolos de higiene y también saber cuándo colocar un piercing y cuándo no”, explicó.

Su formación, cuenta, ha sido principalmente mediante cursos, congresos y seminarios especializados, hasta consolidar un estudio que hoy trabaja bajo protocolos sanitarios, materiales certificados y controles posteriores. Entre ellos figura el uso de titanio grado implante, agujas estériles de un solo uso, autoclave para esterilización y un seguimiento periódico de cada perforación.

Para García, el trabajo de un perforador profesional no termina cuando se instala la joya: “Nosotros podemos minimizar el riesgo a través de los protocolos, los materiales adecuados, la educación y el seguimiento. Pero el riesgo nunca es cero (…). El error empieza cuando se prioriza el precio antes que la calidad”.

Aunque desde ámbitos distintos, todo apunta a una misma idea: la perforación es solo el comienzo. La forma en que cada organismo cicatriza dependerá de múltiples factores y, ante cualquier evolución fuera de lo esperado, consultar oportunamente puede marcar la diferencia entre una complicación transitoria o un tratamiento que se prolongue durante años.

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