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Vidas que inspiran: “Mi nombre es David…”

El dejar de delinquir no siempre se produce por intervenciones externas. En ocasiones, son los procesos de maduración individual, que no sólo permiten un cambio de conducta, sino también permiten generar discursos preventivos para ayudar a otros a no pasar por sus vivencias.

Por: Diario Concepción | 01 de Diciembre 2018
Fotografía: Diario Concepción

Nací en la ciudad de Nacimiento, un 26 de agosto de 1991, mi familia la componía mi mamá, mi padrastro, una tía y dos hermanos, pero no tengo buenos recuerdos de mi infancia. Era complicado vivir en medio de adultos que consumían alcohol, peleaban y de rebote me tocaba a mí. Se enojaba mi padrastro con mi mamá y yo recibía los golpes. Por eso, fui rebelde, desordenado en la escuela y pese a ello, me sentía el regalón de las profesoras. No tenía buen rendimiento, me costaba concentrarme y era hiperactivo, según decían las profesoras. Hasta que a los trece años dejé la escuela y empecé a vivir más tiempo en la calle que en la casa. Tomaba y fumaba, no me gustaba la marihuana, pero peleaba mucho, era rosquero. Primero peleaba a combo limpio, pero luego tuve que usar armas punzantes para defenderme de igual a igual, creo que era bueno para pelear a cuchilla, aunque también recibí cortes. En mi cuerpo tengo más de veinte cicatrices de aquel tiempo. Cuando me detuvieron fue por una confusión, luego se aclaró el asunto.

Por esos años pololeaba, aunque no era muy aceptado por sus padres (tenía fama de malo), pero igual estuvimos juntos casi diez años, primero como pololos y luego a los dieciocho años como pareja. Ella tenía dieciséis años y me hice responsable de ella, de sus necesidades, de los estudios, de todo, como debe ser un jefe de hogar. De ahí comencé a trabajar hasta la fecha. Había estudiado en el internado rural La Ciénaga, camino a Laja y me había titulado como Soldador 4G. Ahora trabajo en la planta Santa Fe como capataz de aseo industrial. Hace un año y medio con mi pareja nos separamos, terminamos mal, pero la vida continúa. Sigo trabajando y quiero ahorrar para comprar mi casa propia. Pese a que no tuvimos familia, me gustan los niños. Los días de descanso y domingos, organizo partidos de fútbol con los niños más pobres y que se ven expuestos a la droga. Los aconsejo en base al respeto y trato que el deporte los distraiga (siempre tiene que haber una buena palabra). Al término de la actividad, paso a dejarlos a sus casas, uno a uno, para que sientan que alguien se preocupa de ellos.

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