Política

Punto de quiebre: partidos y política en el umbral de las elecciones 2017

Por: Luz María Astorga | 06 de Agosto 2017
Fotografía: Archivo | Agencia UNO

El show no debe seguir. Esta fue la semana de los cuchillos y colmillos… Ahora, o el sistema político hace un mea culpa y gira sobre sus pies para retomar las buenas prácticas, la ética y los principios, o sigue a tranco firme hacia el despeñadero. La DC se decidió. De los demás no escuchamos palabra.

Paciencia. Nos falta harto por ver, anticipan expertos, aplicados estudiosos de la política chilena, al cierre de esta semana turbulenta, en la que -a tres meses y medio de elecciones presidenciales y parlamentarias-, se televisaron discusiones, bajezas, traiciones y debilidades de partidos, vergüenza ajena e, incluso, desazón porque… ¿cómo fue que llegamos a esto?

La pregunta reventó en la cara no solo por la crisis en la DC (“patética” según algunos militantes y el candidato Sebastián Piñera), sino también porque los partidos de Chile Vamos no consiguen cerrar su lista parlamentaria a pesar de los llamados de SP y de Carlos Larraín que ya pide la intervención del candidato.

También, por lo de Alberto Mayol, político de los nuevos, que sin hablar con nadie lanzó su candidatura a diputado en un distrito donde ya el tema estaba sellado con dos postulantes (uno de ellos, Giorgio Jackson), tensionando al Frente Amplio.

Y, se sumó que, en la Nueva Mayoría, desde los partidos que levantaron la carrera de Alejandro Guillier, no cesan los mensajes con olor a arrepentimiento… en días previos a que el candidato inscribiera su candidatura en el Servel, después de extenuantes meses en terreno recolectando las 33.493 mil firmas mínimas que necesita como independiente.

Y podríamos seguir. Como pocas veces, el ambiente político revuelto muestra diferencias, búsqueda desesperada de poder, cuchillos y colmillos.
Jimmy Scott lo resumió con esta caricatura: de fondo, una gran bolsa amarrada; en primer plano, dos gatos. Uno dice al otro: “No deberíamos meternos en política”.

Lo preocupante: el sistema no aún no toca fondo.

Por décadas se ha ido tejiendo una forma de hacer política que ya no resiste y que tampoco se arregla con gallitos, acuerdos de última hora o discursos épicos en la puerta del horno. Con eso se podrá componer el ambiente interno partidario, asegurar poder o supervivencia a sus directivas, pero nada más, como dice Juan Pablo Luna, académico de Ciencia Política UC. Ni eso ni levantar un candidato fuerte para que contenga la crisis vale. “En términos sicológicos son fugas hacia adelante; es decir, postergas temporalmente el problema, compras tiempo”, afirma.

Zapato chino

Lo que pasa en Chile sucedió antes en países vecinos. En Perú se llegó a desmantelar el sistema de partidos hace unos 20 años. Y se ve también en Francia y España. Claudio Fuentes, académico de la U. Diego Portales, incluye a Estados Unidos, con el triunfo de Donald Trump, porque se trata de una crisis de proyectos ideológicos. “En la historia chilena, cada 50 o 60 años hemos visto cosas parecidas; luego resurgen partidos, aparecen nombres nuevos… Este ciclo de decadencia aún no termina”, remata.

Lo que tenemos:

En una esquina, partidos que abandonaron su línea, olvidaron a los ciudadanos, descuidaron a sus votantes y archivaron el trabajo en terreno con organizaciones sociales (sindicatos, colegios profesionales, federaciones, sindicatos). Se concentraron en administrar poder. Tenerlo y mantenerlo, al precio que fuera, incluyendo el nepotismo que constituye una suerte de “herencia” política y que a partir del 2000 hizo noticia. No hubo renovación ni innovación. Sí talentos jóvenes, con magister y doctorado, aplastados por elites ya trasnochadas, pero renuentes a soltar el timón.

En la otra esquina, la gente. La que supo de corrupción transversal; de partidos de izquierda financiados por íconos de derecha; de parlamentarios de derecha legislando de la mano con empresas que conocían los proyectos en discusión y enviaban “indicaciones” a legisladores obedientes; de zancadillas entre socios y… ¡para qué decir entre competidores!

Se vio en abril con la candidatura de Ricardo Lagos, que se fue al tacho porque su partido, el Socialista, optó por un sociólogo-periodista que entonces parecía entusiasmar y subía en las encuestas. O sea, Guillier era un mejor hombre si de mantener poder y cargos hablamos.

Se vio en julio en la Democracia Cristiana, cuando por poco Carolina Goic no bajó su campaña, tras perder inicialmente el gallito con el diputado Ricardo Rincón, acusado de violencia intrafamiliar, quien pretendía ir a reelección a sabiendas que en la DC casos como ése quedan fuera. Hablamos de la DC que dirige Goic, claro, empeñada en “elevar el estándar ético”, enfrentada al poder de los incumbentes, que ya muchos llaman el “sindicato parlamentario” (ver nota aparte).

Estas pinceladas ilustran la política de casi tres décadas, de la que la gente fue marginándose hasta llegar –vía voto voluntario- a no participar. A las Municipales 2016 acudió solo el 34% de los electores.

“Cuando los políticos pelean y se descalifican, cuando el Estado no tiene ojos para ver el fraude en Carabineros, el drama del Sename o las pensiones del Ejército a enfermos que están sanos, ¿qué queda sino tomar distancia?”, dice Guillermo Holzmann, cientista político y socio director de Analytyka Consultores.

Pero todo esto es solo una parte del problema porque las personas pueden no sintonizar con los políticos, pero saben qué quieren de ellos y qué ética exigen. Según Holzmann, no están en la filosofía política sino en el sentido común; piden coherencia entre lo que dicen y hacen sus representantes; que no hablen de futuro si en la práctica pretenden reinventar el país cada cuatro años y cada gobierno llega cambiando a todos los directivos y jefaturas del Estado; que no digan que están con el pueblo y reciban platas turbias del mundo privado. Si son incapaces de llegar a acuerdos importantes entre ellos, ¿cuál es el proyecto, el futuro?

Juan Pablo Luna cree que la política está en un zapato chino: “La sociedad tiene hoy estándares muy distintos para con ellos. Lo que antes era aceptable, ya no. La política siempre requirió cierta oscuridad, algo de magia, para crear, pero ahora el asunto es transparencia. Y cualquier cosa a la luz es un escándalo. Resulta muy difícil levantar un liderazgo potente así”.

– En el tema ético, ¿cuánto pueden ayudar ahora iniciativas como depurar padrones, acotar reelecciones, aumentar demandas de transparencia?

– A partir del financiamiento irregular, de los vínculos de la centroizquierda con Soquimich, de los negocios corruptos, todos los políticos son la misma cosa para la gente. Bachelet tenía estatura moral y la perdió con el Caso Caval. La derecha la había perdido en dictadura… Entonces medidas como de ese tipo hoy serían saludos a la bandera. Las personas ni siquiera registran esos gestos. O los registran para seguirse enojando. Lo único que llama la atención son las cosas negativas.

Lo que no se sinceró

¿Cómo empezó todo? Aquí hay cierto matiz entre los politólogos.

Holzmann:

– Al terminar la Guerra Fría, con el fin de la Unión Soviética, quedó el capitalismo como el gran modelo referencial. En noviembre del 89 el Consenso de Washington define que el modelo liberal acompañará a la globalización. Chile tenía el modelo instalado desde comienzos de los 80 y era la evidencia concreta de que con él se podía sacar a un país subdesarrollado de su condición y llevarlo a un crecimiento que le permitiese el desarrollo.

En la práctica, ahí se termina la discusión por el tipo de sociedad que se busca. Se produce una suerte de ensamblaje entre izquierda y derecha, y la diferencia se reduce a cuánto Estado o cuánto Mercado quieres. Las elites se enfrascan en eso y no conectan con una ciudadanía que seguía pensando en una izquierda y una derecha”.

Con el poder en las manos, no había de qué preocuparse. Y en los 2000, cuando había señales crecientes de descontento, el mundo político quiso acercarse. Era tarde.

Eduardo Engel identifica por entonces uno de los grandes pecados de la centroizquierda. A pesar de haber hecho buenos gobiernos, dice, “los líderes nunca explicaron a sus bases que habían decidido adoptar parte del modelo heredado de Pinochet. Y que el motivo para no hacer ciertas reformas no fueron las amarras sino una opción que nunca se sinceró”.

Claudio Fuentes, dibuja el cuadro así:

“De vuelta a la democracia, todos los partidos sufrieron un encapsulamiento en que las dirigencias definieron una forma de hacer las cosas y no dejaron espacio a la renovación. Por eso la vuelta de Lagos, de Piñera, de Bachelet. Los partidos, a partir de ese momento, son solo máquinas de poder”.

Nadie reclamó. Había pocos militantes, era fácil controlarlos. El refichaje mostró que tiendas que figuraban con 100 mil inscritos, en verdad tenían un tercio. Y de esos 30 mil, añade Fuentes, cuando se tomaban decisiones trascendentes votaban 10 mil. O sea, hablamos de “maquinarias chiquitas, fáciles de manejar dando puestos de trabajo, generando vínculos clientelares, acceso a recursos. De eso no se salva ni uno”.

Además, administrando poder los partidos no generaron pensamiento ideológico, ni plantearon nuevos temas. Todo quedó en manos de los tecnócratas que decidían. Y empezaron a instalarse los proyectos personales.

Luna dice que aparte de la organización y de cómo se relacionaron con la sociedad, para entender la crisis hay que recordar que las personas de hace 15 años o poco más eran muy distintas. “La sociedad civil salió muy dañada de la dictadura; lo sindical estaba desmantelado y la política de consensos impidió que existieran incentivos a organizar organizaciones que canalizaran demandas”. Y algo más delicado:

“A partir de los 90 hay una negación de los conflictos y de las diferencias en pos del crecimiento. La clase política estaba muy pegada con los empresarios, no solo por el financiamiento, sino por el tipo de desarrollo. Entonces los partidos centran las campañas en personas, no en ideas, y buscan el candidato más simpático, empático –el lavinismo fue clave en esto-, capaz de movilizar gente sin hablar de temas sustantivos”.

“Pregúntenme primero…”

En paralelo, se consolidaron las incumbencias (los que tienen cargos públicos por elección y cuentan con ventajas por ello para presentarse a sucesivas reelecciones).

Comenta Luna:

“Existía la idea de que en Chile los partidos eran muy fuertes por el poder que les daba el binominal. Falso. En verdad lo que tienen son caudillos electorales -diputados, senadores, alcaldes-, con capacidad de reelegirse continuamente y de juntar de juntar plata ellos mismos. Entonces los partidos -con muy pocos recursos propios- solo existen porque dependen de esos caudillismos. Pero tienen muy poca capacidad de controlar a sus representantes”.

Cuando a fines de los 90 se vio un creciente nivel de descontento ciudadano, voto cruzado, desalineamiento electoral, baja participación juvenil y en las presidenciales hubo segunda vuelta, Lagos dijo “Hay que escuchar la voz del pueblo”.

Fueron los años en que brotaron los autocomplacientes y los autoflagelantes. Los primeros dejaron de lado el sentido de cambio, que incluía encarar los derechos universales y el papel del Estado, entre otras cosas. Comenta Yopo:

-En la transición la apuesta fue por domesticar el modelo, pero llega a un punto en que no se puede avanzar. No puedes tratar la igualdad solo con políticas sociales. Imposible, si no existen políticas redistributivas o impositivas. En países nórdicos, con cargas tributarias altas con sentido solidario, todos tienen derecho a salud y educación. Acá la apuesta empezó a crujir, se notó con fuerza en el gobierno de Lagos.

La sociedad en tanto fue empoderándose, producto del cambio cultural y social de la globalización, forma pensamiento crítico hacia políticos y Estado.

Holzmann:

“Hasta el siglo 20, los partidos tenían doctrinas claras. La derecha decía “si quieres igualdad y justicia, tienes que empezar por la libertad. Cuando logres eso, tendrás el resto”. La izquierda decía “tenemos que ser todos iguales, solo así vamos a tener justicia y libertad”. El socialcristiano –donde está la DC- decía: “No, no, primero justicia. Teniendo eso, habrá igualdad y libertad”. Esas eran las propuestas que definían el tipo de sociedad. Pero en este siglo el ciudadano dice “no quiero cosas separadas, quiero un partido que me ofrezca las tres”. Y ninguno puede hacerlo. Entonces surge el pragmatismo y el personalismo, frente a un elector cada vez más desconfiado”.

Dentro de los partidos algunos intentan recobrar algo de ideología, poner ciertos énfasis, provocando quiebres internos. “La innovación – característica de este siglo- no se aplica solo a la industria, sino también a las ideas. Significa tener capacidad de pensamiento crítico y de ampliar la perspectiva, que ya no puede ser disciplinaria. Los economistas no pueden ser quienes definan la sociedad. Los abogados tampoco. La sociedad es interdisciplinaria, pero acá sigue la otra lógica” agrega el cientista.

Antes, dice, lo tradicional era que quienes tomaban el poder establecían lo que la sociedad debía ser. Hoy, la gente dice “¡Momentito! Pregúnteme primero y veré si me interesa. Usted no toma decisiones solo”.

Así, cunde el distanciamiento y las personas se organizan y politizan… por fuera de los partidos, con movimientos de estudiantes, ambientalistas, No+AFP y grupos locales con diferentes demandas.

Surgen en el espacio que dejan los partidos tradicionales cuando se desvinculan de ellos, no responden a exigencias éticas, no actúan frente a las demandas, no tienen un plan seductor ni cumplen lo que ofrecen ganosos, cuando necesitan apoyo.

Mladen Yopo:

“Ellos tendrán que volver a sus raíces, en terreno, a conversar con grupos empresariales, profesionales, campesinos, y terminar con eso de que cuatro o cinco se apropiaron del poder y deciden la realidad. Los chilenos ya no están entregando un cheque en blanco”.

Por el otro camino, a la vuelta de la esquina, observa atento el populismo…

Revolución en la DC

Del suelo al cielo fue Carolina Goic esta semana. El sábado, la Junta Nacional le dio “un golpe duro” (en sus propias palabras) al apoyar la candidatura parlamentaria de Ricardo Rincón, vetada por el mismo partido hace algunos meses, por una acusación de violencia intrafamiliar.

Ese día la candidata que había suspendido su presidencia del partido para dedicarse a la presidencial, suspendió también su campaña para entrar en reflexión. Dirigentes y bases reaccionaron y en tres días el apoyo se disparó. Los parlamentarios DC pusieron sus cargos a disposición, y la mesa del partido la respaldó en su atribución de designar, declarar y retirar candidaturas.

El jueves, en el comando, una exultante Goic hizo dos anuncios:

*Que encomendó al constitucionalista Patricio Zapata –el mismo que presidió el consejo de observadores del proceso constituyente- asesorar a la mesa DC en la revisión de listas de candidatos al Congreso. (Ya se sabe que hay al menos cuatro nombres que serían vetados, además de Rincón, por temas de corrupción y financiamiento ilegal).

*Que retoma su candidatura con más fuerza que nunca. Hoy hemos elevado el estándar ético de la actividad política y es un triunfo de la gente. El partido eligió el camino difícil, pero el correcto”.

De inmediato la llamó la presidenta Bachelet.

El ex presidente Lagos tuiteó: “La coherencia de @carolinagoic con sus principios y la constancia para protegernos son prácticas necesarias en la política de hoy”.

Y el ex candidato de Chile Vamos, José Manuel Ossandón escribió: “Carolina deja el cálculo pequeño y eleva el estándar de ética y consecuencia a los presidentes de partido. Valiente”.

Después de esas primeras reacciones vinieron varias otras, en una curva de entusiasmo creciente que llevó incluso a Jorge Burgos a pedir que la DC deseche el pacto parlamentario con el MAS y la IC porque “es una decisión súper mala”.

Esta es una historia en desarrollo, en la que ya el diputado Rincón afirmó que llevará su caso el Tribunal Calificador de Elecciones, Tricel. No se resigna a dejar el Parlamento.

Luz y sombra

Analistas y encuestólogos siguen diciendo que el “escenario está líquido”. O sea, puede pasar cualquier cosa, aunque hasta ahora quien lidera en los sondeos es Sebastián Piñera.

Juan Pablo Luna amplía el foco: “Si yo fuera Piñera, más que entusiasmado estaría muy asustado. Se necesita mucho narcisismo y mucha ingenuidad para querer la Presidencia. Yo veo un país complicado en un mundo complicado. El contexto externo es muy distinto al de los últimos 30 años. Es posible que surjan liderazgos anti partidos, anti sistémicos… Como están las cosas, ¡no sé quién pueda querer ser candidato en verdad!”.

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