Carta al director

Retratos de Aurora: ¿Se acuerda del chancho?

Por: Diario Concepción | 16 de Septiembre 2017

Estimado lector, hace dos semanas le contaba que con Aurora anduvimos por Talca, de invitados. Realmente nos fue muy bien, digo “nos fue” como si yo hubiera hecho algo, le fue a la Aurora. Sacó aplausos cuando habló, y hasta una que otra lágrima entre los asistentes. La cosa es muy sencilla, un mate, un cafecito de por medio y las anécdotas empiezan a surgir como ojitos de agua después de una copiosa lluvia.

¡Me olvidaba de contarles! Tuvimos hasta un invitado sorpresa. No sé en qué maleta se nos metió “Aurorito”, un pequeño niño de no más de 10 años que irrumpió en la sala jugando con su caballo de palo. A Soledad, Rodrigo y la demás gente que eran nuestros anfitriones, no les alcanzaba el ancho de la cara para reírse de las cosas que “Aurorito” les contaba. Como todo niño no tiene prejuicios ni condicionamientos, y así como les contó historias divertidas, también les contó de las otras. Pero raya para la suma fue todo un éxito. ¡Hasta fotos y autógrafos sacó entre los asistentes!

Cuando ya caía la noche y nos regresábamos a Concepción en el bus seguimos conversando. Las ideas iban de un lado a otro, como las emociones por la experiencia. Entre el sueño y el cansancio me contó alguna que otra historia que es bueno compartir.

“Esa era mi Aurora la de antes, aquella que tenía sus grandes almacenes: “La Uve”, “El Arroyo”, “La Pity”, “Don Lolo”, “El Paleta”, “Don Checho”, por nombrar algunos. También lugares para los trabajadores que querían refrescar la garganta o pasar el frio con un vinito: “Las Callaitas”, “Don Cefe”, “El Guatón Leo”, “El Padrino”. Pero había uno muy importante ya que su dueño, se esmeró por tener un local muy elegante con mesas y sillas para atender parejas, o clientes seleccionados, me refiero a don Pedro Esquella, apodado “El Caribe”.

¿Se imagina, estimado lector, las historias que esas mesas y esas paredes debieron haber escuchado? Yo anduve después de lo que me contó Aurora por las calles de la pobla, y realmente dan para escribir un par de libros, alguna que otra película, y quien dice, tal vez un radioteatro.

Y me seguía contando. “También tenía reservados, el mismo Don Pedro cocinaba y preparaba los trago. Para las fiestas más importantes, como el 18 o año nuevo, la especialidá: ponches de frutilla, duraznos, chirimoya y el buen cola de mono. Hoy en día él ya no está…”

Se silencia en su relato, mira por la ventanilla del bus y dibuja con un suspiro un secreto compartido. No quiere hablar más, como que se amurra a veces por la desesperanza, por la incomprensión.

“Mire don Walter, yo sé cómo cree la gente que nosotros somos, pero la historia es otra. Es ésta, la que yo le cuento. Mi gente es buena, es trabajadora, es sensible. ¡Cuántos beneficios hemos hecho! Para ayudar a algún vecino que cayó en la mala, para el Día del Niño, de la Mamá, del Adulto Mayor. A veces nos cae algún regalito de los políticos de turno que quieren enamorarme. Pero usted sabe, con guiñar el ojo no se comete pecado, ja, ja.”]

Realmente me quedaría horas escuchándola y viendo su cara. Sus arrugas, sus ojos oscuros, su pelo encanecido por la dureza de la vida, me deja ver esa otra historia que se esfuerza en contarme y que la lastima tanto.

Llegamos a Concepción, el viaje largo, agotados, casi medianoche. Nos tomamos la micro para llegar a la casa y en medio de la despedida me acuerdo que me iba a contar la historia del chancho. ¡Aurora! ¿Y la historia del chanco?

Me mira con picardía, se ríe y me dice: -La historia del chancho es para un próximo click… ¡y se bajó de la micro!

Así que, querido lector, tanto usted como yo nos quedamos con la intriga.

¡Hasta el próximo click!

Walter Blas
En la voz de Aurora: Manuel Jorquera I.

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