Política

Conflictos en Siria y Yemen: Las guerras invisibles y la indiferencia de occidente

Por: Diario Concepción | 03 de Diciembre 2017
Fotografía: Cedida

Aunque la guerra en Siria ocurre a miles de kilómetros, Chile ha dado un primer paso al recibir a 34 adultos y 32 niños como refugiados. El desafío es que logremos acogerlos y no se repita la experiencia de las víctimas del conflicto en Yugoslavia que tras permanecer un tiempo en el país arrancaron de lo que llamaron “la miseria social chilena”.

Por: Constanza Fernández Danceanu
Abogada y Analista Internacional
Directora de Ciencias Políticas y Administración Pública
Universidad San Sebastián

Ya muchas veces me he referido a cómo en occidente no somos capaces de ver más allá de nuestra propia realidad, pero no deja de impactarme cómo –incluso cuando nos afecta– preferimos mirar hacia otro lado.

Las guerras que parecen estar olvidadas en Siria y en Yemen y que la prensa ya no cubre, siguen en curso. Desde 2011 y 2015, respectivamente, ambos países han estado sumergidos en violentas guerras civiles. En Yemen a la fecha se cuentan más de 12.000 víctimas mortales y heridos, mientras que en Siria las cifras son aún más devastadoras: 400.000 personas han muerto, mientras que 13.5 millones han requerido ayuda humanitaria, más de 6 millones han tenido que abandonar sus hogares buscando zonas más seguras dentro del país, y más de 5 millones están registrados como refugiados fuera de Siria.

Nos toca porque los refugiados buscan asilo, justamente, en occidente. Y Chile no ha sido ajeno a ello. El pasado 12 de octubre, en el marco de un Programa de Reasentamiento para desplazados por la guerra civil en Siria, recibimos a 34 adultos y 32 niños provenientes del país árabe, principalmente de Alepo y Damasco, las zonas más afectadas por los enfrentamientos.

La Presidenta Michelle Bachelet les dio la bienvenida expresando que esperaba que “a partir de hoy puedan dormir tranquilos en sus hogares, moverse libremente por nuestro territorio y sentir que, poco a poco, esta patria comienza a ser su hogar y ustedes nuestra familia”. El Estado financiará el arriendo de sus viviendas, en las comunas de Macul y Villa Alemana, además de subvencionar sus gastos, cubrir su salud y educación, y entregar un curso intensivo de español. Sin perjuicio de que es un excelente primer paso, no es más que eso, un primer paso. Solo 14 familias entre miles y miles que necesitan ayuda.

Lo mismo sucedió cuando a principios de los 90’s se desató la guerra en Yugoslavia. Un sangriento enfrentamiento por la independencia de las naciones que la componían: Croacia, Bosnia y Herzegovina, Eslovenia, Macedonia, Serbia y Montenegro, que dejó más de 100.000 víctimas fatales y más de tres millones de refugiados. Esta vez el conflicto no fue en Medio Oriente, donde ya nos hemos acostumbrado a las tragedias, sino que en Europa. Muchos han dicho ‘en el patio de Europa’, ya que la geografía parece ser un concepto acomodable, que nos permite ubicar a la península de los Balcanes más cerca de Asia que donde en realidad se encuentra.

Postales del horror

A finales del siglo XX presenciamos crímenes de guerra, genocidio, limpieza étnica y crímenes contra la humanidad en el continente que tiene más países desarrollados, donde se creó una organización –la Unión Europea– con el objetivo principal de fomentar la cooperación para mantener la paz. Srebrenica en Bosnia y Herzegovina y Vukovar en Croacia fueron las postales del horror de la guerra. En la primera, más de 8.000 hombres y niños bosnios musulmanes fueron asesinados. En la segunda, el conteo total de víctimas superó los 2.000 muertos y 3.000 heridos. A esto, además, debemos sumar el sitio de Sarajevo, el que en casi 4 años aproximadamente dejó 10.000 civiles muertos.

Como todo esto estaba pasando mientras lo veíamos en tiempo real en nuestros televisores, la Organización de Naciones Unidas decide, en 1993, establecer el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia, a través del cual se podrían juzgar las mayores atrocidades cometidas en la guerra. Sin perjuicio de que la Corte tuvo sus derrotas, como la muerte del Presidente de Yugoslavia y posteriormente de Serbia, Slobodan Milosevic, antes de ser condenado, también ha tenido sus triunfos. En marzo de 2016 Radivan Karad~ic, uno de los hombres responsables del genocidio de Srebrenica y del sitio de Sarajevo, fue condenado a 40 años de prisión por genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad. Y hace unos días, el 22 de noviembre, Ratko Mladic, conocido como “el carnicero de los Balcanes”, general del ejército a cargo de Karad~ic, fue condenado a cadena perpetua por los mismos crímenes.

El Tribunal terminará con sus funciones el 31 de diciembre de este año, por lo que la condena a Mladic era bajar la cortina con uno de sus mayores éxitos. Pero no. El 29 de noviembre, durante la lectura del fallo de Slobodan Praljak, militar bosnio-croata condenado a 20 años de prisión por el asedio de Mostar, y por ser el responsable de la orden de la destrucción del Puente de Mostar (actualmente reconstruido y declarado Patrimonio de la Humanidad), se suicidó ingiriendo veneno. El cómo lo consiguió será objeto de una investigación dentro de la Corte.

Reconciliación pendiente

Pero más allá de altos y bajos, en sus casi 25 años de historia el Tribunal ha traído justicia, pero muy poca reconciliación. Quienes para algunos son indiscutidamente criminales, para otros son víctimas, héroes y mártires. Se pensó que el “nunca más” después del Holocausto sería el punto final para crímenes de esa naturaleza en la región. Pero la guerra por la independencia de los territorios de la ex Yugoslavia nos probó que estábamos equivocados. Incluso ad portas del siglo XXI, el viejo continente fue capaz de protagonizar una guerra que incluyó el único genocidio que ha sucedido en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial. Y la región se niega a mirar lo que pasó con objetividad para buscar reconciliación.

Hoy sorprende que la cobertura en los medios se ha centrado en Praljak y no en Mladic. El sensacionalismo es más importante que el triunfo de la justicia. También impacta cómo la atención por los refugiados sirios que recibimos desapareció luego de su llegada. Recordemos que como consecuencia de la guerra de Yugoslavia Chile abrió sus puertas en junio de 1999 a 26 refugiados, provenientes de Serbia, Bosnia y Herzegovina y Croacia. No obstante, luego de dos años, solo quedaron en nuestro país 5 de ellos, los demás decidieron arrancar de lo que describieron como “la miseria social chilena”.

Es lindo salir en la foto mostrando el compromiso con nuestros hermanos que sufren, pero la responsabilidad con los demás seres humanos debe ir más allá de una conferencia de prensa.

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