Ana Araneda
Doctora en Ciencias Ambientales
Cada 22 de abril se conmemora el Día de la Tierra. Pero en nuestro territorio, más que una fecha simbólica, se vuelve un recordatorio urgente: el entorno está cambiando más rápido que nuestras decisiones.
En los últimos días, miles de personas en el Gran Concepción han tenido que convivir con una inusual proliferación de zancudos. Talcahuano, Hualpén, San Pedro de la Paz y Concepción han reportado niveles que no son propios de esta época del año. Lo que muchos interpretan como una simple molestia estacional, en realidad es una señal de desequilibrio.
La presencia masiva de zancudos se explica por condiciones climáticas anómalas: temperaturas más altas, mayor humedad y acumulación de aguas estancadas en entornos urbanos. Son factores que favorecen su reproducción y que hoy se intensifican en un contexto de cambio climático.
Porque el cambio climático ya está aquí, y no se manifiesta solo en grandes desastres, sino también en estas alteraciones cotidianas que comienzan a afectar directamente nuestra calidad de vida.
Sin embargo, seguimos reaccionando tarde. La misma lógica se repite en otros problemas estructurales. Respiramos el problema todos los días, pero actuamos como si fuera transitorio. La calidad del aire en Concepción registra niveles de material particulado fino que superan las recomendaciones internacionales, afectando la salud de la población. Y aun así, cada invierno enfrentamos el mismo escenario.
No es estacional, es estructural, y responde a una pobreza energética que no ha sido abordada con la profundidad necesaria. No basta con restringir: se requiere transformar las condiciones de base.
A esto se suma la presión constante sobre ecosistemas estratégicos. Los humedales urbanos, como Rocuant-Andalién, continúan degradándose pese a cumplir funciones clave en la regulación hídrica y la mitigación de eventos extremos.
Seguimos debilitando nuestras propias defensas naturales, mientras avanzamos en una expansión urbana que no integra estos sistemas como parte de la infraestructura de la ciudad.
En paralelo, la gestión de residuos refleja la misma incoherencia. Generamos más desechos de los que somos capaces de gestionar adecuadamente, con tasas de reciclaje aún bajas y sistemas de valorización insuficientes.
Generamos más de lo que podemos sostener, y luego intentamos resolver las consecuencias.
Así, el problema deja de ser técnico y pasa a ser político. Porque no falta evidencia, falta decisión, y esa brecha es la que hoy explica por qué seguimos llegando tarde.
El Día de la Tierra no puede seguir siendo una pausa simbólica. Debe ser un punto de inflexión.
Porque cuando el territorio cambia, no pide permiso.
Y cuando no actuamos a tiempo, la cuenta siempre llega.