Opinión

La universidad no tiene edad

Por: Diario Concepción 23 de Junio 2026
Fotografía: Cedida

Yellinson de Moura Almeida
Académico Departamento de Ciencias Geodésicas y Geomática UdeC

Estamos acostumbrados a ver la universidad como un espacio destinado a los jóvenes, una etapa de transición entre la formación escolar y la vida profesional. La educación superior sería el punto de partida para una carrera, y no un espacio de aprendizaje a lo largo de la vida. Esta visión, sin embargo, puede no corresponder a la realidad demográfica del siglo XXI. En un contexto de rápido envejecimiento poblacional, esta premisa merece ser cuestionada. Si la longevidad es una de las grandes conquistas de nuestro tiempo, ¿por qué la educación superior sigue siendo tratada como una oportunidad restringida a una sola etapa de la vida?

La cuestión es particularmente relevante para Chile. Aunque el país aún enfrenta desafíos importantes relacionados con la protección social y la calidad de vida en la vejez, los avances de la medicina y de las políticas públicas han permitido que se viva más que en generaciones anteriores. Sin embargo, no se trata solo de aumentar la esperanza de vida. Es necesario garantizar que esos años adicionales se vivan con autonomía, propósito y participación social. En otras palabras, se trata de construir una sociedad que no solo prolongue la vida, sino que también ofrezca oportunidades para seguir aprendiendo, contribuyendo y sintiéndose parte de la comunidad.

En este contexto, algunas experiencias recientes sirven de inspiración. En Brasil, diversas universidades han comenzado a implementar modalidades de ingreso dirigidas específicamente a personas mayores de 60 años. La iniciativa parte de una idea simple, pero poderosa: el aprendizaje no es un privilegio de la juventud. Al abrir sus puertas a estudiantes mayores, estas instituciones reconocen que la educación es un derecho que acompaña a la persona a lo largo de toda la vida.

Los beneficios de esta inclusión van mucho más allá de la obtención de un título. Uno de los más importantes es el combate al aislamiento social, un problema creciente entre las personas mayores en distintas partes del mundo. La universidad ofrece oportunidades de convivencia, intercambio de experiencias y construcción de nuevas redes sociales. Participar en clases, grupos de estudio, proyectos de extensión y actividades culturales ayuda a fortalecer el sentimiento de pertenencia y reduce la soledad, una de las formas más silenciosas de vulnerabilidad en la vejez.

También existen beneficios significativos para la salud cognitiva. Aprender nuevos contenidos, desarrollar habilidades y enfrentar desafíos intelectuales estimula funciones como la memoria, la atención y el razonamiento. La educación a lo largo de la vida ha sido cada vez más reconocida como un componente fundamental del envejecimiento saludable. Estudiar es una forma de mantener la curiosidad, la autonomía intelectual y la capacidad de adaptación en un mundo en constante y rápida transformación.

Además, las experiencias ya existentes muestran que los beneficios no se restringen a los estudiantes mayores. Toda la comunidad académica gana cuando distintas generaciones comparten los mismos espacios. La convivencia entre jóvenes y personas mayores se convierte en una experiencia de aprendizaje mutuo. Los más jóvenes entran en contacto con trayectorias de vida, experiencias profesionales y perspectivas históricas que no aparecen en los libros. Los mayores, por su parte, se acercan a nuevas tecnologías, lenguajes y formas de comprender el mundo. La universidad se transforma así en un espacio fértil de diálogo intergeneracional. La presencia de estudiantes mayores desafía estereotipos y demuestra que la capacidad de aprender, crear y participar no desaparece con la edad. El ejemplo brasileño, que sigue en expansión y en evaluación de sus impactos, puede verse como una invitación a la reflexión. Si queremos construir sociedades más inclusivas frente a la transición demográfica, quizá sea momento de repensar a quién consideramos destinatario de la educación superior.

Al fin y al cabo, si la universidad es un espacio de formación para la vida, no hay razón para que tenga fecha de caducidad. Una sociedad que acoge a estudiantes de todas las edades no solo amplía el acceso al conocimiento, sino que también está aprendiendo a envejecer mejor.

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