Dra. Valeria Palma
Entomóloga y académica USM Sede Concepción
Cada vez se escuchan más zumbidos en las noches de Chile. No es una exageración: los mosquitos están aumentando. La ciencia lleva años advirtiendo que el cambio climático modifica la distribución y abundancia de estos insectos. Más temperatura, inviernos menos extremos y cambios en las precipitaciones amplían sus oportunidades de desarrollo. A eso se suma que las ciudades les ofrecen justo lo que necesitan: agua estancada en patios, canaletas, recipientes olvidados y espacios urbanos mal gestionados. El resultado es perfecto para su proliferación.
Hoy el fenómeno tiene dos caras. En ciudades como Concepción se vive como una incomodidad creciente: más picaduras, más presencia en interiores, más interacción cotidiana. En el norte, en cambio, ya existe una alerta sanitaria por la detección de especies capaces de transmitir enfermedades como dengue o chikungunya. En ambos casos, es la misma historia; lo que cambia es la etapa en que se encuentra cada territorio.
Conviene decirlo con claridad: los mosquitos no son solo una molestia, son el animal que más humanos mata en el mundo por su rol como vectores de enfermedades. Chile aún no enfrenta ese escenario de forma generalizada, pero las condiciones que históricamente limitaban a estos insectos están cambiando. Pensar que el país está completamente a salvo es más un acto de fe que una conclusión científica. Aquí aparece una contradicción evidente. Mientras se crean criaderos de mosquitos en patios y jardines, se elimina de forma sistemática a sus depredadores. En Chile existe una tendencia casi automática a matar arañas apenas aparecen, como si todas fueran peligrosas. Pero en el país se han descrito cerca de 770 especies, y solo tres o cuatro tienen relevancia médica potencial (con letalidades entre el 1 y 3%). Es decir, más del 99% no representa un riesgo real para las personas. Mientras tanto, los mosquitos sí encuentran cada vez más oportunidades.
Chile todavía no enfrenta la carga de enfermedades transmitidas por mosquitos que existe en zonas tropicales, pero eso no garantiza que seguirá así. Las condiciones ecológicas están cambiando y la globalización acelera la llegada de nuevas especies y patógenos. Por eso, la pregunta no es si el problema podría aumentar, sino cuándo. Reducir el agua estancada, mejorar la gestión urbana y dejar de eliminar indiscriminadamente a depredadores naturales no son medidas complejas. Lo difícil es cambiar la percepción. Mientras se siga reaccionando con miedo frente a las arañas y con indiferencia frente a los criaderos de mosquitos, el equilibrio seguirá inclinándose en la dirección equivocada.