Opinión

El razonable temor a cambiar

Por: Procopio | 09 de Enero 2019

Menos mal que hay amigos criteriosos, es al caso de Max Brod, el amigo íntimo de Franz Kafka, que desobedeció la orden que le había dado éste de quemar todos sus escritos cuando hubiera muerto. Le escribe a Felice Bauer, la entonces novia del escritor, explicándole que los padres de Franz eran de lo peor, que no tenían idea de que éste pasaba una mala época y tampoco percibían que estaban en presencia de a un ser excepcional. No exageraba, Franz era frágil, nervioso, y básica y fundamentalmente obsesionado con la escritura. Así escribió, en menos de un mes, una de las obras maestras de la literatura de todos los tiempos. La historia comienza con dos líneas impecables y geniales; “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”.

Con moderado espanto, al despertar Gregorio en la habitación de su casa, va descubriendo, poco a poco, su nueva situación: sus innumerables patas, su abdomen abombado, el caparazón en que ahora se ha convertido su espalda, sus nuevas y fuertes mandíbulas. Como es de esperar la situación de la familia se ve notablemente alterada, ya que él era el soporte del hogar. Todos tienen que ayudar a parar la olla, con el agravante de tener que ocultar el nuevo y no tan atractivo aspecto de su pariente.

La advertencia es clara, de repente, en el momento menos pensado, sueños o no, podemos vernos transformados, perder nuestras aptitudes, cambiar bruscamente de situación. La pena es que Gregorio ni siquiera tenía previsión, un punto que Kafka omite mencionar, por demasiado kafkiano.

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