Opinión

El bien olvidado paisaje olfatorio

Por: Procopio | 04 de Octubre 2018

Hay que aceptar que no es una situación universal, pero a lo menos goza de considerable prestigio esto de andar limpio por el mundo. Una conducta que no siempre gozó de la popularidad que ahora exhibe. El desaseo imperante en ciertas épocas se puede explicar por determinadas concepciones médicas que dominaban en los siglos XVI y XVII, cuando el pensamiento terapéutico vigente era el llamado «hipocratismo galenizado», una síntesis de las teorías de los médicos de la antigüedad; Hipócrates y Galeno, a la que se añadían elementos mágico-religiosos.

Según esta teoría, las enfermedades eran el resultado de desequilibrios entre los cuatro humores que componían el cuerpo humano: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. Las causas del desequilibrio procedían del exterior, por ejemplo, la comida o la bebida. En el Quijote, Cervantes introduce como personaje un médico local, que aconseja a Sancho Panza: «Mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y otro manjar también le mandé quitar, por demasiadamente caliente y tener muchas especies, que acrecientan la sed, y el que mucho bebe mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida».

Otra supuesta causa del desequilibrio de los humores era el aire, se pensaba que el agua, especialmente si estaba caliente, dilataba los poros, momento que aprovechaban los «miasmas», o aires malsanos, para entrar en el organismo y alterar su equilibrio. Por eso, cuanto menos se lavase una persona menos opciones tendría de enfermar. Ante esta situación, la gente se limpiaba el cuerpo en seco, con la única excepción de manos, cara y cuello, esto es, las partes visibles. Es mejor no pensar en la agresiva experiencia olfatoria provista por nobles caballeros y gentiles damas.

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