Opinión

El látigo del perfeccionismo

Por: Procopio | 12 de Julio 2018

Truman Capote es un no tan raro ejemplo en la literatura, de un caso de autor que al mismo momento en que alcanza la cima, comienza su caída libre. Para su biógrafo Gerarld Clarke, habría sido un factor importante el desgaste que le produjo su opera magna, A Sangre Fría, su novela de no ficción que tardó 5 años en escribir, y que solo pudo terminar con la ejecución de su protagonista.

Pero tal vez más decidor en su proceso autodestructivo, fue el costo emocional y social que le produjeron las obras menores que la siguieron, todos ellos considerados divertimentos, mientras trabajaba en la que debía ser su mayor creación, Plegarias Atendidas, obra que escribió y reescribió durante 20 años y que nunca llegó a publicar.

Esa etapa estuvo marcada por la publicación de crónicas protagonizadas por sus amigos de la socialité neoyorkina, a los que expuso descarnadamente y sin piedad, lo que le valió ser expatriado de los afectos y terminar sus días prácticamente solo.

Pero tal vez lo más demoledor para él fue enfrentarse a los demonios de su propio perfeccionismo, del que él mismo da luces en el prólogo de su libro de crónicas Música para Camaleones, donde se despacha una reflexión feroz: “Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación. (Escribir) Me divertía muchísimo, al principio. Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aun: la diferencia entre escribir muy bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz. Después de eso, cayó el látigo”.

Está claro que el látigo del perfeccionismo puede tener efectos devastadores cuando se abusa de él, pero en dosis saludables, puede hacer todas la diferencia respecto a una buena gestión de una mediocre.

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