¿Por qué diablos nos gusta correr si no es más que ir hacia adelante? Nunca lo tuve muy claro y cada uno tendrá sus razones, pero el domingo, saliendo desde Parque Bicentenario, lo entendí definitivamente.
¿Por qué diablos nos gusta correr si no es más que ir hacia adelante? Nunca lo tuve muy claro y cada uno tendrá sus razones, pero el domingo, saliendo desde Parque Bicentenario, lo entendí definitivamente.
Un día me animé a correr diez kilómetros para escribir una nota en el diario. Quería conocer el mundo deportista desde adentro y hacer un artículo que no fuera llegar a la meta, anotar los ganadores y sacarles una cuñita. Era el tiempo en que no había runners, solo gente que salía a correr. No existía el chip en las zapatillas y rara vez regalaban poleras. Me colé en ese mundo y, de a poco, lo hice mío. Compré un reloj con cronómetro que todavía no cambio y entendí la alegría de ir superando tu propia marca y bajarla hasta lo que te parece imposible.
Corría tres veces por semana y completé una media maratón. Aun recuerdo cuando llegué a la meta después de cruzar el puente. Estaba raja. Corría de noche en el Estadio Atlético y saludaba a otra gente que iba en la pista de al lado. Superarlos me causaba una sensación rica. Sacarles una vuelta era lo máximo. Nos repetíamos casi siempre los mismos, aprendimos nuestras caras y nos saludábamos alzando la mano. “Otra vez por acá”. Era bacán ser deportista, tener un poco menos de guata y sentirse bien por la mañana. Como revitalizado.
Cuando andaba con las mañas, salía a correr y me despejaba. Compuse letras de canciones en mi cabeza mientras corría. Malas, pero mías. Era mi momento íntimo, solo con la naturaleza y lo necesitaba. Corría mucho. A veces llegaba curado en la mañana, pero igual me levantaba a correr. Era un hábito. Un buen hábito. En la pichanga con los amigos seguí pegándole mal, pero sentía que volaba. Todo se arreglaba atándome los cordones, acelerando sin mirar para atrás, sintiendo el olor del pasto como compañero.
Ahora soy papá y mis zapatillas están guardadas al fondo, detrás de unas chalas. A veces me arranco a un siete contra siete en sintético y la bebé es como un crossfit, paseándola, cambiándola y haciéndole chiches. Un crossfit donde mi señora es medalla de oro y yo apenas un aprendiz. Cansa, pero se disfruta mirar el cronómetro y bajar la marca. Ver sus ojos cerrados durmiendo como un angelito. Admirar su paz.
Ayer hubo carrera en el Parque Bicentenario y mi mujer me sorprendió. Quiso conocer mi mundo y no solo leer mi artículo fome con los nombres ganadores y la cuña. Saqué las zapatillas. Ella corrió con el Sebi y yo en categoría coche llevando a la Paulita. Mi compañero ya no era el pasto ni estaba ahí para despejar la cabeza. Nos miramos, le hablé durante tres kilómetros y la pequeña sonrió siempre. Yo también. De pronto, sentí dos personitas a mi lado y cruzamos la meta juntos. Esta vez no miré el reloj ni me interesaba. Ya no corro para arrancar de nada. Esa era la meta.
Paulo Inostroza