A un costado del camino hacia Rafael, un emprendimiento familiar mantiene viva la reproducción normada de la flor nacional. Un proceso riguroso que exige hasta cinco años de cuidados para ver la primera floración.
•Alejandra Retamal comenzó a cultivar copihues en 2014 junto a su esposo y formalizó el vivero en 2018.
•La propietaria explica que las plantas pueden tardar cinco años en florecer bajo los cuidados del vivero.
A un costado del camino entre Tomé y Rafael, en la Región del Biobío, Alejandra Retamal cultiva una flor que muchos conocen como símbolo nacional, pero pocos han visto crecer desde semilla.
En el Vivero de Copihues Agua Tendida, ubicado a la altura del kilómetro 171,5, las plantas avanzan a un ritmo que se mide en años. La labor combina reproducción y cuidado de ejemplares.
El Decreto N.º 129 de 1971 prohíbe, como regla general, arrancar, cortar, transportar y comercializar plantas y flores de copihue, aunque contempla excepciones para ejemplares procedentes de viveros registrados ante el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG).
Así funciona el recinto de Rafael, según su propietaria.
“Yo no sabía que tenía esta habilidad y empecé el 2014 con esto, junto a mi difunto esposo”, recuerda Retamal.
Cuatro años después gestionó la autorización ante el SAG y comenzó a operar como vivero sujeto a fiscalización. Desde entonces, señala, mantiene contacto con el organismo y reproduce exclusivamente copihues.
Se siente comprometida con el sector rural de Rafael y con mantener abierto el vivero que levantó junto a su marido. A su juicio, son pocas las personas dedicadas únicamente a esto.

Isidoro Valenzuela.
Su objetivo, señala, es multiplicar las plantas frente a la preocupación que existe por su conservación. La protección legal de la especie, sin embargo, no equivale por sí sola a una categoría oficial de “en peligro de extinción”.
Para Retamal, hablar de reproducción obliga a explicar también la procedencia. Recomienda que quien adquiera una planta conserve la boleta o la guía de despacho del vivero, documentos que permiten acreditar su origen ante una fiscalización.
La normativa permite comercializar ejemplares de viveros registrados y restringe la extracción de plantas silvestres.
Retamal muestra plantas cultivadas desde 2021 que siguen siendo pequeñas y las compara con otras de la misma edad que han crecido más en bolsas de mayor tamaño.
Explica que el copihue desarrolla raíces profundas y que disponer de espacio hacia abajo favorece su crecimiento. Por eso, dos ejemplares con cinco años de cultivo pueden presentar alturas muy distintas.
Según su experiencia, una planta bajo cuidados de vivero puede comenzar a florecer alrededor de los 60 meses.
En el bosque, apunta, los libros sitúan esa espera en torno a una década. La exposición a la intemperie y las heladas no necesariamente acaba con la planta, pero puede retrasar su desarrollo y floración. Entrega instrucciones de cuidado y responde consultas posteriores por teléfono.
También distingue los colores que observa en sus cultivos. El rojo y sus matices son los más frecuentes; menciona asimismo el blanco, cuya presencia vincula a Cobquecura, y tonalidades rosadas surgidas de la polinización entre plantas rojas y blancas.
Entre ellas describe un copihue blanco con líneas rojas en la parte inferior. Frente a los relatos sobre flores amarillas o azules, sostiene que algunas apariencias se explican por el estado del botón: uno blanco puede verse amarillento antes de abrirse y uno rojo muy oscuro adquirir un tono violáceo.
Otra parte de la explicación de Retamal se centra en lo que ocurre después de la floración. Cuando los pétalos envejecen y caen, la estructura que sostenía la flor puede desarrollarse hasta formar un fruto con semillas.
De acuerdo con su relato, ese proceso tarda cerca de un año. Cortar la flor impide que ese ejemplar complete la formación del fruto, una de las razones por las que insiste en dejar avanzar el ciclo de la planta.
La propietaria cuenta que los frutos suelen madurar en otoño, cuando la humedad favorece la germinación en el bosque. Agrega que las aves pueden alimentarse de su pulpa y dispersar las semillas.
Aunque ha escuchado que el fruto es dulce, asegura que nunca lo ha probado: lo atribuye al respeto que siente por las plantas que cultiva.