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La conspiración de Eric Goles: el arte de “ponerle cuento” a la ciencia

El matemático que en la década de los ‘90 irrumpió en televisión nacional con “Enlaces”, llegó a Concepción para presentar su último libro, una novela, “La conspiración de Babel”.

Por: Javier Cisterna | 09 de Septiembre 2018
Fotografía: Raphael Sierra P.

Un poco en broma, un poco en serio, Eric Goles (67), Premio Nacional de Ciencias Exactas 1993 y ex conductor del clásico “Enlaces” de TVN, dice admirar el talento de los conspiradores de la televisión. Su capacidad descriptiva, afirma, les permite llegar al público como ya quisieran muchos científicos. Además, a la hora de ser contrastados, saben escabullirse con perfección, al punto de que logran empatar hasta la discusión más sesuda.

La tarea de los científicos es, por tanto, titánica. Y en ese tranco de igualar la cancha y volver hacia el conocimiento comprobable, el rol del llamado divulgador es clave. Aunque Goles marca un punto: no todo científico debe divulgar. “Habría muchos colegas a los que yo les diría que no divulguen nada, porque podría resultar que la persona que los escuche no quiera saber nada de ciencia nunca más”, manifiesta riendo. Para comunicar, para entretener, hay que tener pasión, conocimiento y saber transmitir entusiasmo.

“Cuando hacía ‘Enlaces’ había una frase cliché: ‘Eric Goles, el científico que hace fácil lo difícil’. No, la ciencia sigue siendo igual de difícil, pero a la gente puede parecerle algo digno de entusiasmarse. Hay que tener conocimiento y cuento. Y también un poquito de amor al tollo, y eso a mí me sobra”, lanza con desparpajo.

Quizás por eso ya piensa en su próximo libro, uno precisamente de divulgación. Antes, eso sí, sigue en la tarea de presentar su obra actual, una novela, la segunda de su tirada narrativa: “La conspiración de Babel”.

El libro cuenta la historia de un joven que el segundo semestre de 1972, mientras estudia en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, se encuentra con los principios de las matemáticas del Siglo XX. Al mismo tiempo, la huelga de los camioneros marca un cisma en el gobierno de la Unidad Popular. Al convulso Chile de esos años, Goles le suma en el libro un segundo acto, desarrollado en Austria en los años 30. Allí, precisamente en Viena, el matemático que dio origen a las teorías que ese joven chileno estudia cuarenta años después, comprueba su trabajo al son de los tambores de guerra.

Eric Goles confiesa que el muchacho universitario es él, aunque ficcionado, y que las matemáticas son eso: hallazgos, pasión y un contexto histórico insoslayable.

— ¿Cómo salta del mundo de los números al de las letras?

— Esto tiene otras durezas. Claro, la ciencia es dura, porque se dice que es “exacta”, pero después de leer la novela uno ve que no es tan exacta. Son reglas rígidas, pero más que eso a mí me complementa. La labor del científico es una labor de creación, por tanto, yo prefiero decir que antes de matemático soy una persona a la que le gusta crear. Yo escribo desde hace mucho tiempo, bien o mal. Aprendí un lenguaje posteriormente, que es la matemática. Salgo en uno y entro en otro. Te renuevas, a mí me hace muy bien.

Sobre su siguiente ejemplar prefiere no dar detalles, pero se instala a comentar el boom de la crónica, tanto histórica como científica. Algo que espera pronto encuentre explicaciones.

“Por qué Baradit. Yo me leí un libro de él para formarme una opinión y no, no es chanta. Me entretuve. Es un tipo que tiene un muy buen tollo y escribe muy bien. Te lleva y te entusiasma. No soy ingenuo, probablemente haya algún pequeño invento, es historia novelada pero con hechos duros. Me gustó y no lo miraría en menos. La gente está leyendo”, señala ejemplificando con “Historia secreta de Chile”.

A la hora de volver a la esfera científica, se expresa con soltura para describir el trabajo de sus colegas. A José Maza, agrega, le gusta verlo en papel de interpelador —“tiene la libertad de decir las cosas cuerdas que quiera y la gente lo escucha”— y a Gabriel León le alaba su capacidad para atraer al público —“lo vi entusiasmando a jóvenes de enseñanza media, tiene una gran habilidad”—.

En suma, asegura que los científicos están cumpliendo su rol, el de siempre y ahora con vocación pública. La deuda sigue estando en la arena política, a la que perteneció entre 2000 y 2006 cuando presidió la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica, Conicyt.

— Premios nacionales de Ciencia dicen estar preocupados por la situación actual.

— Estoy como todo el mundo de la ciencia, preocupado por el presupuesto cada vez más miserable que se otorga al desarrollo creativo de ciencia. Cuando digo ciencia, que no me vengan con el cuento de innovación y ciencia más o menos aplicada. Hablo de ciencia de calidad, venga de donde venga. Conicyt ha sido desde hace tres gobiernos minimizada, dividida, con poco personal y burocratizada. Cada vez te exigen más papeles y cada vez hay menos proyectos. Por otra parte, han fomentado de manera extraordinaria el número de becas doctoral en Chile y el extranjero, pero sin una mirada de futuro, sin preguntarse dónde vas a poner a los doctores después.

— ¿Y qué pasa con el ministerio? ¿No hay ahí una esperanza?

— El Ministerio de Ciencia puede ser arte demagógico de primera magnitud. También puede ser muy bueno, pero yo tiendo a decir que los próximos dos años van a ser solo demagogia, que va a armar primero una institucionalidad. Dime tú, para qué quieres seremis de Ciencia puestos en no sé cuántas regiones cuando apenas tienes plata para financiar la ciencia. El ministerio puede ser un voladero de luces del porte de una catedral.

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