Valores de Laboratorio, Mensajes de Papel

10 de Octubre 2026 | Publicado por: Diario Concepción
Fotografía: Cedida

La ciencia tiene una virtud poco común: se corrige a sí misma. Cuando una teoría es refutada, el sistema la descarta y avanza. Se apoya en tres valores: objetividad, transparencia y verificabilidad. Sin embargo, al salir del laboratorio y dirigirse a la sociedad, esos mismos valores suelen quedar en el camino. Durante la pandemia, hallazgos preliminares circulaban como verdades definitivas; la autocorrección científica se leía al público como “los científicos no saben nada”. La paradoja es evidente: una comunicación que no refleja los principios de la ciencia debilita aquello que la ciencia estudia y busca resolver, aunque la sociedad reconozca que el problema existe.

La sociedad funciona de otra manera. No es un sistema único, sino un ecosistema de subsistemas que se corrigen a distintas velocidades. De esa convivencia surgen desfases: hoy tenemos capacidad técnica para hacer cosas que nuestra ética colectiva aún no sabe cómo manejar. La corrección social siempre va un paso detrás de la científica.

A esto se suma la complejidad. Un sistema solo puede corregirse si es capaz de ver sus errores, y para verlos necesita transparencia. A medida que el conocimiento se fragmenta en subtemas incompatibles, resulta más difícil sintetizar en algo comprensible. La sociedad se vuelve opaca incluso para sí misma y, cuando no es posible rastrear un error hasta su origen, corregir se convierte en un juego de adivinanzas. Se atiende el síntoma y no la causa, lo que a menudo agrava el problema inicial.


Surge así la ilusión del progreso: confundir la acumulación de capacidades técnicas con una mejora en la salud del sistema. Pasamos de una sociedad que se corrige con conciencia a otra que gestiona crisis de manera reactiva, y celebramos el parche como avance cuando en realidad delata la pérdida de transparencia. Necesitar herramientas cada vez más complejas para entender nuestro propio mundo no es señal de dominio, sino de que lo estamos perdiendo.

La salida no pasa por simplificar el conocimiento, sino por comunicarlo con los mismos valores que lo sostienen. Una ciencia que explica con claridad, muestra cómo llegó a sus conclusiones y admite sus límites no solo informa: devuelve a la sociedad la capacidad de verificar y, con ello, de corregirse. Si la ciencia no es transparente fuera del laboratorio, difícilmente corregirá algo más allá de él.


Nicolás Sepúlveda Estrada
Estudiante de Maestría en Ingeniería Espacial, Politécnico de Milán


Centro de Estudios Europeos UdeC