A 54 años del Departamento de Artes Plásticas UdeC
04 de Agosto 2026 | Publicado por: Diario Concepción
Iniciando sus actividades académicas en el mes de julio de 1972, se materializó la aspiración ciudadana de contar con un espacio de formación universitaria destinado a la enseñanza y práctica de las artes plásticas y visuales. En el 54° aniversario del Departamento de Artes Plásticas, atendemos a la relevancia del quehacer artístico y pedagógico, así como a los desafíos presentes y futuros en el ámbito de la educación, la cultura, las artes y los patrimonios en su pluralidad y diversidad. Esto no nos sitúa como una comunidad neutral, sino como agentes activos y posicionados que, desde una mirada ética y relacional, nos reconocemos implicados en los fenómenos coyunturales que acontecen a nivel regional y nacional.
A la luz de lo anterior, las declaraciones del ministro Jorge Quiroz —que advierten a las personas jóvenes sobre el peligro de endeudarse en disciplinas «donde a lo mejor hay menos futuro»— evidencian que el aparato estatal no solo transparenta su renuncia a garantizar la educación como un derecho social, sino que reduce la experiencia humana a un mero cálculo de empleabilidad inmediata.
Esta visión tecnócrata de la educación superior descansa sobre una premisa peligrosa donde el valor del conocimiento en y desde las artes equivale estrictamente a su capacidad de rentabilidad individual en el mercado laboral vigente. No obstante, el verdadero problema estructural no radica en la supuesta «falta de futuro» de las artes, sino en la ceguera de un modelo que desincentiva la producción artístico-cultural mientras se beneficia de ella. Si analizamos la matriz productiva contemporánea, la insistencia en medir las disciplinas humanistas y artísticas bajo el único indicador del salario inicial ignora las transformaciones glocales de la economía del conocimiento. De acuerdo con marcos de análisis sobre el valor de la cultura —desarrollados de manera sistemática por organismos como la UNESCO—, los bienes y servicios culturales no son meras mercancías de consumo; constituyen infraestructuras críticas para el tejido social, así como para la resiliencia comunitaria ante crisis emergentes. Y si atendemos a lo que sucede en nuestro propio territorio, no podemos obviar cómo estas infraestructuras se vuelven indispensables frente a las catástrofes ambientales y sociales que permean nuestra existencia.
Mientras se precarizan las condiciones de formación y ejercicio de los trabajadores de la visualidad y la materialidad; por el otro, la sociedad contemporánea —azotada por niveles históricos de ansiedad, depresión y desafección democrática— demanda espacios de construcción de sentido que las artes articulan. Estudios sobre el bienestar colectivo demuestran que las comunidades con un acceso robusto a prácticas culturales y artísticas presentan índices significativamente más estables de cohesión social y salud mental (OMS, 2019). Las artes son laboratorios de pensamiento crítico que interpelan la lógica de la productividad como única medida del valor humano.
Reducir las decisiones vocacionales a una suerte de antojo financiero es el síntoma de políticas que parecen desatender la importancia social del desarrollo cultural. La discusión de fondo no puede seguir siendo qué carreras aseguran el pago de una deuda y cuáles no. El debate apremiante exige cuestionar por qué el acceso a los saberes, al conocimiento y las artes sigue estando condicionado a un endeudamiento asfixiante, y cómo transitamos hacia un ecosistema que garantice condiciones materiales dignas para quienes sostienen el capital simbólico de nuestra sociedad. Una comunidad que solo valida el productivismo transable está condenada a una profunda indolencia que, en un futuro próximo, conllevará un quiebre de nuestras relaciones con lo sensible.
José Rubilar Medina
Director Departamento de Artes Plásticas UdeC