El Offside del Poder

11 de Julio 2026 | Publicado por: Diario Concepción
Fotografía: Cedida

Fernanda Arriagada Sanhueza
Ayudante CEE UdeC

Las selecciones de fútbol de cada país son la máxima expresión de soft power en la gran vitrina de la Copa Mundial FIFA 2026. Lo que pasa en el campo de juego es un reflejo del escenario social en el que vivimos, y aunque muchos se resistan a admitirlo: es político.


La Federación Internacional de Fútbol Asociación tiene 211 asociaciones miembros, incluso más que la propia ONU con 193. ¿Es un fracaso para la diplomacia formal? No necesariamente, pero obliga a reconocer una realidad ineludible. Ningún comunicado de Cancillería, ni una sesión del Consejo de Seguridad de la ONU remueven en la sociedad internacional la carga emocional e inmediatez de un gesto realizado dentro de los 90 minutos de un partido transmitido a más de 20 mil millones de espectadores.

El intervencionismo ha intentado colarse más de una vez en la jugada. Un ejemplo claro fue el de Trump llamando personalmente al presidente de la Federación para reconsiderar una tarjeta roja a Folarin Balogun. Esto demuestra que por más neutral que intente mostrarse la disciplina, el poder busca intervenir. Sin embargo, el fútbol sabe bien de remontar en el tiempo reglamentario y que no garantiza que ese poder tenga la victoria: días después Bélgica lo eliminó 4-1, eliminando a su anfitrión en su propio territorio y con Lukaku celebrando con una imitación del característico baile de Trump, gesto que se repitió con el plantel completo en el camarín. El hard power chocó con la dinámica incontrolable del juego.


Si Trump y Balogun representan el intento de imponer poder desde fuera de la cancha, el caso de Noruega es lo contrario.

Tras 28 años sin clasificar, hoy utilizan su tradición nórdica como una jugada de posicionamiento de marca país, con la selección y los hinchas como embajadores. Ahí está la diferencia entre un poder que se impone y otro que se contagia. Noruega no ordenó nada, pero consiguió que su relato se jugara solo.


Algo similar, pero con una connotación sin duda más negativa, ocurrió con la eliminación de Paraguay en manos de Francia. Los comentarios racistas de una senadora paraguaya dirigidos contra Kylian Mbappé, disfrazados de libertad de expresión. El megáfono digital puede ser usado por cualquiera, pero no protege a quien lo usa mal. El gesto escaló rápidamente en comunicados oficiales entre el gobierno paraguayo y francés. Consecuencia diplomática que rara vez sigue a un insulto individual, pero inevitable cuando el ataque va dirigido a un ídolo en la escena futbolística.

Finalmente, la tolerancia política es selectiva y esa selectividad también es un mensaje. En la misma semana, el entrenador egipcio ondea la bandera palestina sin sanción, mientras que en Wimbledon se le impide a una tenista usar el mismo símbolo. No es que el fútbol sea más progresista al permitirlo, están siendo consecuentes poniéndose la camiseta de su principio de universalidad, permitiendo guiños identitarios a sus 211 miembros.


Estos eventos han sido de los más mediáticos en este mundial que, antes de iniciar, ya existían polémicas. Esto confirma que la efervescencia social y política no se queda fuera del estadio, y que tiene una cualidad que la política tradicional envidia, la capacidad de conectar de forma directa con la identidad de las masas.