Cuando la arena ya no es refugio

07 de Septiembre 2026 | Publicado por: Editorial Diario Concepción
Fotografía: Katherine Sanhueza

Cada 6 de septiembre, el Día Mundial de las Aves Playeras nos convoca a reflexionar sobre uno de los eslabones más delicados y determinantes de la biodiversidad y en el plano regional la efeméride cobra un matiz complejo.

La Región del Biobío alberga una red invaluable de humedales, estuarios y ecosistemas costeros que sirven de hogar permanente y escala migratoria para decenas de especies. Sin embargo, este patrimonio natural enfrenta hoy una vulnerabilidad sin precedentes, empujada por la expansión sin control de las actividades humanas.

Chile registra cerca de medio centenar de especies de aves playeras, de las cuales casi la mitad emprende travesías de escala hemisférica desde el hemisferio norte para alimentarse y reproducirse en nuestras costas.


Ejemplares como el zarapito, el pilpilén común o el chorlo nevado no solo representan la riqueza biológica de ecosistemas como Rocuant-Andalién, la desembocadura del Río Carampangue, Tubul-Raqui o la Península de Hualpén, sino que son verdaderos bioindicadores de la salud ambiental de nuestro entorno. Su presencia equilibra las poblaciones de invertebrados, redistribuye nutrientes y sostiene la productividad de los espacios naturales de los cuales depende la propia comunidad.

Lamentablemente, a nivel científico se confirma una realidad alarmante, como es la pérdida de un tercio de la población mundial de aves playeras migratorias. En el ámbito local, la amenaza se traduce en presiones concretas e inmediatas. El tránsito ilegal de vehículos motorizados sobre playas y dunas destruye nidos y áreas de reproducción. A ello se suma la contaminación, la sobreintervención del borde costero y un problema tan cotidiano como severo: la presencia de perros sin supervisión ni correa, cuya sola presencia altera los ciclos de descanso, alimentación y nidificación de especies ya empujadas al límite de la supervivencia.


Si bien existen instrumentos estatales como la Estrategia Nacional de Conservación de Aves y un marco legislativo que busca endurecer sanciones a la incivilidad en los litorales, las herramientas normativas resultan insuficientes cuando no van acompañadas de una profunda responsabilidad comunitaria e institucional. La protección de estos frágiles espacios no es una tarea exclusiva de investigadores u organizaciones ambientalistas, también constituye un deber ético del cual nadie puede sustraerse.

Mantener el motor apagado en la duna, sujetar a las mascotas y respetar el espacio de la vida silvestre no son solo sugerencias de cortesía. Lo anterior, representa el estándar mínimo de civilidad que exige nuestro tiempo. En ese contexto, se debe asumir una tutela activa del patrimonio natural.