Inmigrantes: su positivo impacto económico en la Región de Bío Bío

22 de Septiembre 2019 | Publicado por: Silvanio Mariani
Fotografía: Agencia UNO

Roban el trabajo de los chilenos. Hacen bajar los sueldos. Son una carga para los servicios de salud. Traen delincuencia. Esas son algunas percepciones sobre la inmigración en Chile. No reflejan lo que piensa la abrumadora mayoría de la población –según diversos sondeos de opinión pública– pero interpretan el imaginario de sectores que se sienten amenazados con “la llegada masiva de extranjeros”. Hasta algunos políticos salieron a manifestarse en tonos similares, como para aprovechar la ola. Desde la academia han analizado de qué forma la inmigración impacta a la economía y su veredicto contrasta con los perjuicios.

– Me han preguntado cuánto cuesta el Súper 8 cuándo me voy a mi trabajo, quizás porque llevo mochila. Siempre les digo que no vendo Súper 8, que trabajo para una empresa de Talcahuano y en la mochila llevo mi almuerzo, ropas y cosas de aseo. Para el chileno, los haitianos son todos iguales.

El testimonio de Jean Wadson (39 años, llegó a Chile en 2016) revela una tensión latente, generada por el gran aumento de extranjeros que han decidido vivir en Chile, fenómeno que se ha dado con gran intensidad en algunas regiones del país.

De hecho, las cifras muestran que el arribo de ciudadanos de distintas nacionalidades creció considerablemente: Chile pasó de tener una población extranjera de unas 490 mil personas a fines de 2014 a más de un millón 250 mil en diciembre de 2018. La nueva realidad trajo cuestionamientos sobre la forma de legislar el fenómeno, ha influenciado las opiniones y actitudes de la población nacional y encendió las alarmas ante posibles efectos a la economía chilena.

De naranjas y falacias

El posible impacto en salarios y empleos fue lo primero que saltó al debate. Al haber más personas en la fuerza laboral, los aumentos de salarios deberían contenerse y aumentaría la tasa de cesantía, según un razonamiento básico de oferta y demanda. El problema es que esa lógica está montada sobre la noción de que solo existe una cantidad fija de trabajo por hacer y nadie puede obtener un empleo sin quitárselo a alguien más. La ley de la oferta y demanda puede ser aplicada, por ejemplo, en el mercado de naranjas. Si de pronto aumenta la oferta de naranjas, esperaríamos que se redujera el precio de esa fruta, o que aumentara el número de naranjas que se quedan sin consumirse.

Pero los inmigrantes no son naranjas, advierten los especialistas, puesto que no solo aumentan la oferta de mano de obra, sino que incrementan también la demanda de trabajadores: usan los salarios que reciben para arrendar viviendas, comprar alimentos, utilizar el transporte público, cortarse el pelo, comprar teléfonos celulares, entre muchos otros bienes y servicios. También crean empresas, compran acciones, pagan impuestos y ahorran para la pensión. Se requiere entonces vender o arrendar viviendas, elaborar comida, cortar el pelo, conducir las micros. En palabras simples, los inmigrantes aumentan el tamaño de la población general, lo que significa que también incrementan la economía.

Puesto que el aumento de la inmigración en Chile es un fenómeno reciente, las investigaciones al respecto también son recientes. Pero hay avances: en un estudio publicado por la Comisión Nacional de Productividad (CNP) a fines de 2018 se demostró que, al menos hasta 2017, no había evidencia de que los sueldos promedio hayan crecido con menor velocidad debido al aumento de la inmigración.

Jeanne Lafortune, directora de Investigación del Instituto de Economía UC y coautora del estudio, explica que los inmigrantes recién llegados en general inician en puestos para los que están sobrecalificados. De esta forma, si hay sueldos que se han deteriorado con la llegada de más inmigrantes, son justamente los inmigrantes establecidos previamente.

A la misma conclusión llegó el investigador Juan Bravo, analista senior del Centro Latinoamericano de Políticas Económicas y Sociales (Clapes). En su informe “Impactos económicos de la inmigración en Chile en un contexto de envejecimiento de la población”, Bravo señala que la evidencia empírica indica que la inmigración no ha producido efectos negativos tanto en salario como en empleo. La razón detrás de este resultado es la baja participación de inmigrantes en el empleo total.

“Esto está alineado con los resultados de la evidencia internacional, en donde, en promedio, se encuentran efectos negativos cuando existe al menos un 10% de participación de los migrantes”, explicó Bravo. Y de acuerdo con el estudio “Caracterización de la inmigración reciente en Chile”, publicado en febrero de este año por el Banco Central, los inmigrantes representaban el 6,3% de la fuerza laboral y el empleo total hasta mediados de 2018.

Efectos diversos

En su Informe de Política Monetaria (IPoM) de septiembre del año pasado, el Banco Central de Chile concluyó que los efectos de la inmigración dependen básicamente de tres factores: intensidad (cuántos inmigrantes llegan), permanencia (si son transitorios o con residencia definitiva), y calificación (escolaridad y productividad). El BC registró que (con cifras del Censo 2017) la escolaridad promedio de los inmigrantes llegó a 12,6 años, mientras la escolaridad de los nacidos en Chile anotó 11,0 años. Hay diversidad entre los países de origen de los inmigrantes. Por ejemplo, los venezolanos llegan a 15,6 años mientras que los haitianos tienen 9,5 años de escolaridad. El análisis del Banco Central concluye que el flujo inmigratorio que ha recibido Chile debería generar efectos positivos en el crecimiento tendencial, dado el aumento de la fuerza laboral y los ajustes en la productividad. La población de inmigrantes, en promedio, es “más calificada, más joven y con mayor participación laboral”, destacó el Central en el IPoM.

Agencia UNO

Trabajo que nadie quiere

Los inmigrantes de menor calificación también traen efectos colaterales, puesto que permiten, a su vez, “un traspaso de los trabajadores locales a empleos de mayor productividad”, sostuvo Juan Bravo. El ejemplo más señalado es que la inmigración permite a las mujeres nativas desempeñarse en puestos de trabajo de mejor calificación y remuneración, al tiempo en que pagan a otros para los servicios domésticos.

Además, los inmigrantes están llegando en un momento clave desde el punto de vista demográfico, dado que la población chilena se está envejeciendo, y la tasa de fecundidad está más acorde a la de los países desarrollados. Como los inmigrantes que llegan tienen una mayor fracción de su población en edad de trabajar, ello contribuye a disminuir el efecto de envejecimiento de la fuerza laboral.

Así, de acuerdo con las investigaciones realizadas en Chile, como también lo demuestra la evidencia internacional, no se ha logrado comprobar una relación causa-efecto entre cesantía, reducción de sueldos e inmigración.

Es absolutamente válido y legítimo preguntarnos si la inmigración es favorable para el país o es un problema. La respuesta debe generarse a través de la investigación, con base en la evidencia.

 

“Digo con absoluto convencimiento: a mí me ha tocado lo mejor de Chile”

“Soy Ima Rosa Rivas Varela, Administradora de Empresas con post grado en Gerencia Integral y 30 años de experiencia en Gerencia de Banca y Seguros.

Llegué a Chile (desde Venezuela) hace 11 meses, a los tres me otorgaron la visa temporaria y a los cinco me contrataron como encargada de la Unidad de Turismo de la Municipalidad de San Pedro de la Paz. Siento que estoy en un país de oportunidades, con una geografía y una naturaleza privilegiadas. He tenido la fortuna de encontrarme con personas amables, educadas y solidarias. Digo con absoluto convencimiento: a mí me ha tocado lo mejor de Chile.

Proyecto seguir trabajando y lograr la estabilidad que alguna vez tuve en mi país. Como migrantes enfrentamos el desarraigo, la ausencia de nuestros seres queridos, el clima y las diferencias culturales. Personalmente, sueño con estar cerca de mi hijo y mi nuera, acompañando a mi nieta en su crecimiento.

Una gran dificultad que no depende de nosotros y se nos sale por completo de las manos son los trámites migratorios: las citas por internet, la lentitud de las respuestas. Sin visa no hay trabajo y para tener visa las personas necesitan un contrato.

Es necesaria una mayor fluidez en ese papeleo. Del resto, cada quien avanza según sus posibilidades, sus talentos o su buena fortuna. Nada fácil”.

 

“Algunas empresas publican avisos y después nos dicen “no para haitianos”

“Mi nombre es Stervenson Elien, tengo 30 años y llegué a Chile hace 3 años. Trabajo como panadero en Versluys de San Pedro de La Paz y estoy contento de estar acá con mi familia. Quiero desarrollarme profesionalmente, y crecer y estoy agradecido de las oportunidades que me han dado.

También quiero ayudar a otros haitianos que viven en la zona, para que tengan un futuro mejor y no vuelvan a Haití. Para eso creamos una agrupación Haitianos Consecuentes en Chile. Ocurre que llegamos desde Haití, enfrentamos problemas que personas de otros países no enfrentan. De partida, para ingresar a Chile tenemos que demostrar que tenemos mil dólares al desembarcar en el aeropuerto, de lo contrario te mandan de vuelta. También una carta de invitación y reserva en un hotel. Pero el principal problema es que nos piden antecedentes penales de Haití a cada cierto tiempo. Yo vivo hace tres años en Chile entonces no tiene sentido que me pidan antecedentes de Haití, deberían pedir antecedentes de Chile. Es muy complicado solicitar eso en Haití puede tardar meses hasta 1 año para obtener el documento.

Otro problema que enfrentamos es el color de piel cuando buscamos trabajo. A veces se publica un aviso, uno de nosotros llama por teléfono y te dicen “no para haitianos”. Hay empresas que hasta publican “de preferencia venezolanos”. Somos inmigrantes como todos los demás, trabajamos duro y nos discriminan por el color de piel. Pero no son todos. La mayoría de los chilenos nos recibe bien, y estoy muy agradecido de ellos”.

 

“El balance en este minuto es ya un poco más positivo”

“Nací como Richard Vargas hace 49 años, pero después que llegué exiliado a Chile en el 2017 esto cambió un poco, ahora muchas veces me llaman “Richard el venezolano”, aunque los más resumidos me dicen sólo “venezolano”.

Es un cambio no menor que encierra elementos interesantes. Salí de mi país expulsado por una realidad que es difícil de entender y compartir con otros que no pudieron vivir en carne propia cómo se desdibuja y se desvanece una Nación apelando a un discurso ideológico y, para mayor impotencia en este tema, llego justo aquí, en donde colocan frente a mi tragedia, sus propias historias y traumas antagónicos que los consideran aún peores que los que traigo tan reciente que todavía están sangrando, asunto que, como en casi todo proceso social, tiene elementos justos y otros no tanto, pero que sin duda, me otorgan un gigantesco aprendizaje.

Estudié en la principal universidad de mi país, la que fuera “la casa que vence las sombras”, como reza parte de su himno, la Universidad Central de Venezuela, fundada en 1721 y, en su época más moderna ya en el siglo XX, siempre abierta, siempre gratuita y cuna del escalamiento profesional y social de un país que se edificó a la luz de una gran bonanza petrolera, característica que se convirtió a su vez en su propia bacteria y cáncer. Allí estudié pregrado, postgrado y doctorado en su Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, para después dedicarme a la docencia, investigación, consultoría y una década antes de mi destierro, a la empresa privada.

Lo más difícil a nivel objetivo para nosotros como inmigrantes es sin duda el tema de la inserción laboral en nuestros ámbitos de experiencia y formación y, por otro lado, el clima frío y lluvioso; en algunos momentos ambas situaciones nos resultan hostiles, sin dejar de mencionar que la parte documental, los trámites de la residencia legal y el reconocimiento de nuestros títulos y papeles es todo un desafío agotador.

Otros puntos que no dejan de ser ilustrativos de lo complejo y difícil de esta nueva amalgama que se está gestando interculturalmente, ya a nivel emocional y subjetivo es, por un lado, aprender a verse con respeto y reconocimiento en el otro, saber que de lo que nosotros corremos y corrimos a nivel ideológico, aquí tiene una historia totalmente distinta. Nos topamos a diario con personas que suscriben política y fervientemente aquel signo que a nosotros nos destruyó, nos toca entonces aprender (y de ser posible algo enseñar) que cada pueblo tiene sus propios miedos y perspectivas, pero que el maniqueísmo entre izquierda y derecha es sólo una trampa en la que casi siempre salimos perdiendo los ciudadanos, no los políticos, y a las pruebas vivientes nos remitimos.

La otra dificultad a nivel personal tiene que ver con nuestras presiones familiares binacionales, que en algunos casos te llevan a depresiones, pues aquí vives situaciones que requieren de un alto grado de manejo del estrés y, a eso debes sumarle que también llevas el peso de tus afectos que no salieron de Venezuela, que están todavía en el hervidero, eso es muy difícil de sobrellevar”.