Opinión

De Aquiles y la muerte

Por: Diario Concepción | 27 de Septiembre 2017
Fotografía: Carolina Echagüe M.

Por: Andrés Cruz Carrasco

En el mundo de los muertos, Odiseo dialoga con el espectro de Aquiles, hijo de Peleo, a quien le refiere sus cuitas por todos aquellos derroteros que ha tenido que enfrentar y que le han impedido llegar a Ítaca. Le dice. “Pero tú, oh Aquileo, eres el más dichoso de todos los hombres que nacieron y han de nacer, puesto que antes, cuando vivías, los argivos te honrábamos como a una deidad, y ahora, estando aquí, imperas poderosamente sobre los difuntos. Por lo cual, oh Aquileo, no has de entristecerte porque estés muerto”.

La historia de Aquiles es bien conocido. En el sitio de Troya y peleando por una causa ajena, y a la que se resistió a concurrir hasta que finalmente cedió más por su naturaleza guerrera que por disuasión, murió luego de haber sido herido en el talón (aunque sobre la leyenda hay historias dispares). Después, este semi dios trascendió por los tiempos de los tiempos como la figura furiosa del héroe que todos quieren imitar, por su lealtad, fuerza, fiereza en el combate y convicciones, por su compromiso con sus amigos y amores. No importaba morir, lo fundamental eran los principios.

Sin embargo, Aquiles le responde a Odiseo: “No intentes consolarme de la muerte, esclarecido Odiseo: preferiría ser labrador y servir a otro, a un hombre indigente que tuviera poco caudal para mantenerse, a reinar sobre todos los muertos”. Al parecer, el héroe no está satisfecho con su condición de tal y con el reconocimiento que le han dado los vivos. Prefería ser el más humilde e incógnito de entre los que existen en lugar del más famoso y poderoso de entre los muertos.

Se siente formando parte de aquella legión enorme de difuntos inútiles que siembran miles de cementerios y que se inmolaron por causas que no son las suyas, que de haber sopesado correctamente el alcance de sus decisiones, habrían escogido seguir viviendo en lugar de entregarse a las consecuencias de la pasión de inmolarse por la primera motivación que se les cruzara o por lealtad hacia otros.

Hubiesen preferido seguir viviendo, continuar recorriendo abrazados con sus pares las sendas de la existencia, en lugar de ser recordados por todos, pero muertos, siendo usados sus nombres como banderas, para que otros en otras gestas, que tampoco son las suyas, sigan sacrificándose por los que se limitan a observar desde lejos como la sangre ajena se derrama todos los días, construyendo con ellos, como si fuesen ladrillos, los muros de esas fortalezas que nos dividen y sirven de fundamento para la violencia y la enemistad perenne, que hace que esos miles de cadáveres tengan que reinar en las necrópolis, en lugar de estar vivos hoy entre los suyos.

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