Opinión

Combatir el alzheimer sin comprar fármacos

Por: Paulo Inostroza | 11 de Septiembre 2017
Fotografía: La Tercera

Hace unos meses estuve en un almuerzo con mucha gente. Más de treinta. Buena carne, papas cocidas, ensalada a la chilena, vasito de tinto. A lo lejos, unas cuantas sillas más allá, el “Gringo” Nourdin llevándose un tenedor a la boca. Hablaba, respondía, contaba historias. El hombre, sencillito como se ve, estuvo en los Juegos Olímpicos de Helsinki y de eso han pasado 65 años. El viejo habla y sus palabras son hojas que uno quiere atrapar antes que caigan al suelo. De pronto, simplemente se esfuman. El vaso está vacío, un mozo ya se llevó el plato.

La gente a su alrededor tampoco está ahí de casualidad. Leyendas caminantes, glorias que el hincha no sabe si están vivos o muertos. Más historias, perdiéndose en oídos añosos que ya no retienen. Ex jugadores que no quieren colgarse esa palabra “ex”, que nunca hace bien a nada. Menos, cuando se trata de amor.

Porque estos son de la época en que se jugaba por amor y punto. Nourdin repasa la lista de ese plantel de 1952 y se ve que cuenta varios funerales en el cuerpo. Queda él y un par por ahí dando vueltas. Cuenta esa vieja anécdota por enésima vez a ver si repetirla obliga a que se quede. La cuenta otra vez porque sabe que un día no podrá contarla y esa maldita tarde también será borrado. Él y su verdadera historia.

Da pena lo de Nelson Acosta. Cómo no. Independiente de que sea Acosta, el que trataban de ratón y que, acá más lejos, los vialinos siempre defendían.

Lo triste es que alguien fue exitoso, festejó logros imposibles y jornadas que creía imborrables. Pero no. De a poco, se están borrando y sabes que tus demás historias intentarán huir. Les cierras una puerta y buscan una ventana. Te desesperas, porque qué es un hombre sin sus historias, si la vida no es más que escribir una y otra.

Y está bien que nos demos vuelta la chaqueta. Que ahora digamos que el Pelado era de verdad y que el bronce y el debut de Alexis. El viejo se lo merece, le duela a quien le duela.

Pero ahora yo estoy mirando unas sillas más allá. Ahí está sentada esa generación que no aparece en internet, salvo un resultado por aquí y un par de goles dando vueltas. La historia de Nourdin y Helsinki no existe fuera de su cabeza. Es inubicable. Tampoco la de Lord Cochrane, el Vial de Feliciano San Martín y las hazañas de Fanaloza y el Vipla. Muchos soldados partieron, otros olvidaron cómo era la guerra.

El alzheimer es una enfermedad maldita. Se burla de tu identidad, confunde tu historia, amenaza con borrarte todo. Hace que te amarren de noche para que no salgas de tu cama porque si no te pillan caminando en pelotas por el patio. No entiendes nada.

En los viejos está la historia que los jóvenes nunca incluimos en la red y su única forma de transmitirla es hablando, repitiéndola mil veces. Aburriéndote a ratos, qué más da. Por eso dígale al mozo que traiga otro plato. Mienta, diga que las papas estaban ricas. Escúchelo otra vez porque un día lamentará no haber tomado esa hoja.

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