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Colo Colo derrotó a Universidad de Chile y se quedó con una nueva edición del superclásico

Por: La Tercera | 28 de Agosto 2017
Fotografía: Agencia UNO

Pasan los años y la historia no cambia. No importan los intérpretes, aunque varios vienen acumulando festejos por montones en esta clase de partidos. También otros multiplican maldiciones, a esta altura, casi agónicas. Menos vale la situación futbolística y anímica de uno y otro. Sea como sea, Colo Colo siempre termina festejando en la cara de Universidad de Chile en el Monumental. Así de simple.

Parece un libreto escrito de antemano. Que además sugiere varios capítulos destacados: Paredes gritando goles como si fuesen abrazos de año nuevo; Valdés convirtiéndose en genio y figura cuando más lo necesita su equipo; Herrera yendo a recoger inexorablemente balones dentro de su propio arco, teniéndose que tragar su frases habituales antes de cada choque; Rodríguez y Lorenzetti incapaces de resolver los problemas futbolísticos del rival. Ya van 16 años sin que los azules sepan de alegrías y parece que es hora de cambiar el mensaje. Y por qué no, a algunos intérpretes que sólo suman frustraciones en Macul en esta verdadera condena brutal que padece el equipo.

Como siempre, en Colo Colo asomaron los experimentados para marcar diferencias. Enormes en todo sentido. Sabiendo cómo y qué hacer en cada pasaje. Algo que en el rival ninguno de los llamados grandes realizó. No aparecieron Beausejour, ni Jara, ni Seymour. Ni hablar de los referentes Herrera, Rodríguez o Lorenzetti. Fue una película repetida en esta clase de partidos en Macul, donde los de blanco parecen gigantes y los de azul, tiernos enanitos dispuestos al sacrificio.

Colo Colo le pasó la máquina a la U casi sin despeinarse. Porque en menos de 20 minutos ya estaba en ventaja, aprovechando errores en la salida del fondo azul. Ni siquiera se preocupó de pelear la posesión del balón. Para qué, si la letura del partido estaba clara. Con espacios, Valdés y Valdivia destrozaron el plan de Hoyos se salir a presionar arriba. Porque apenas cruzaban esa primera línea, los volantes albos encontraban una pista de aeropuerto sin rivales enfrente para decidir qué hacer. Así nació por ejemplo el segundo gol, obra de Pajarito, que recorrió sesenta metros antes que Jara recién lo pudiera enfrentar en su propia área. Así, con todo el arco de frente, decidió con un zurdazo esquinado batir a Herrera.

Ahí quedó sentenciado el partido por más que Hoyos y sus pupilos mostraran ganas de seguir peleando. La U sólo parecía preparada para presionar y luchar. Para ganar a lo guapo. Pero con el balón, nunca supo cómo jugar el partido. Y eso finalmente es lo que importa, más allá de que siempre se debe tener un espíritu de lucha vivo para esta clase de partidos.

Las pérdidas de sus mediocampistas, encabezados por Lorenzetti y Seymour, se multiplicaban en campo rival, facilitándole la labor al fondo colocolino, que salvo el descuento de Pinilla, que vino tras un lanzamiento de esquina, no pasó zozobras. Ni hablar de alguna atajada de Orión. Eso refleja claramente la nula profundidad de un equipo que sigue sin encontrar el correcto funcionamiento en ataque.

Entonces, sin problemas defensivos que resolver, bien tomados los delanteros azules, sólo era cosa de esperar un nuevo error en el fondo de la U. Y éste vino de parte de uno que viene desconcentrado hace varias semanas. Gonzalo Jara quiso salir jugando con un compañero antes que buscar a Herrera y en su intento se cayó, dándole en bandeja el balón a Valdés, quien sin egoísmo le dejó servido el gol a Paredes, quien agrandó su leyenda en los clásicos.

Pero si algo le faltaba al partido era la última carrera de Paredes. Una carrera a la gloria, con Vilches como espectador de lujo subido a sus espaldas. Como si todos supieran cómo iba a terminar la historia. Ya lo había dicho el propio goleador en la previa, que no iban a perder el superclásico. Lo que no acertó es que terminaría su mediodía de gloria con un triplete histórico, para convertirse en el máximo goleador de los albos en esta clase de partidos. Y con la U de rodilla, pidiendo clemencia y con los brazos abajos. La historia estaba escrita de antemano. Sólo faltaba que el 7 del Cacique le pusiera la firma.

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