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Mario Cayupi: “Si no hubiera pasado por el Sename, ni siquiera habría terminado una carrera”

Por: Carolina Abello | 20 de Agosto 2017
Fotografía: Carolina Echagüe M.

“El creerme bacán con los amigos me llevó a robar”, es la confesión de Mario Cayupi Pulgar (27), joven egresado del Centro de Internación Provisoria y Régimen Cerrado de Coronel. Aunque tenía una vida normal, padres, hermana y asistía al liceo de su natal Cabrero, un robo con violencia cometido en compañía de un adulto le cambió la vida para siempre.

Habían perpetrado varios, pero ese día los “datearon” con que había varios millones en una forestal. Lograron su objetivo, pero algo fue diferente: alguien se interpuso entre ellos y trató de evitar el robo. Y esa cara y la posibilidad de ser descubierto persiguieron a Mario hasta el día en que fue detenido. “Antes era diferente. Nunca vimos caras ni gente. Pero después, cada vez que veía la patrulla de Carabineros pensaba que me iban a llevar preso. Ahí empezó el cargo de conciencia”.

Tras su detención, fue enviado a Coronel, donde supuestamente estaría un mes, plazo decretado para la investigación el caso, pero finalmente estuvo un año, hasta que el tribunal finalmente dictó sentencia: ocho años en régimen cerrado. A Mario se le cayó el mundo.

Antes de ese fallo estaba tranquilo. El centro le parecía un internado, salvo por los gendarmes que están en el recinto. Fue recibido por Pedro Marileo, hoy dirigente de la Asociación de Funcionarios de Sename (Afuse), quien le dijo que estuviera tranquilo, que nada le pasaría. Eso lo ayudó.

“Estaba asustado, nervioso, con pánico, pero él habló conmigo y me mandó a una casa con puros niños súper tranquilos. En las rondas me preguntaba cómo estaba. Y me ayudó tener un educador que estaba presente las 24 horas, que nos ayudaba con las horas de comida, con los hábitos de higiene que uno pierde con las malas juntas, con los amigos”. Para Cayupi, lo peor era el encierro y las peleas con los compañeros, los roces típicos que había viviendo juntos. Pero en su caso ninguno pasó a mayores.

Pero nunca estuvo solo. Su madre y su hermana se fueron a vivir a Coronel para acompañarlo, donde ella encontró trabajo como maestra de cocina. En Cabrero quedó su padre solo, pues no podía dejar su trabajo en la planta Masisa.

Cuando ingresó al centro debía estar cursando tercero medio, pero estaba en segundo. A los días después de su llegada, lo llevaron a clases pese a su reticencia. “Me daba miedo, porque la escuela estaba en el sector de los condenados y yo aún vivía en el de los imputados. Todavía era un pollito nuevo y no sabía qué hacer, pero me ayudó la confianza que me daban los profesores, me sentí resguardado.

En eso estaba cuando le llegó la condena de ocho años. “Y ahí pensé que el mundo se acababa. Uno se pasa miles de rollos, pensé que perdía mi familia, que me iban a dejar botado, ahí me di cuenta del tremendo condoro que me mandé”.

Pero en ese momento se acordó de los compañeros a los que había visto rendir la PSU, “y eso me motivó. Dije: voy a estudiar, pero mirando la puerta”.

Y rindió la prueba, en la cárcel de Coronel, en 2009. Dos años después de su ingreso al centro. “Y parecía que no estábamos detenidos, porque ya teníamos permiso para salir un día, los fines de semana, beneficio que logré por buena conducta. No me fue muy bien en la prueba, pero pude optar por una carrera técnica y con ella podía devolver algo que recibí en el mismo centro: apoyo”. Esa carrera fue Técnico en Rehabilitación y Prevención en Drogodependencia, en el Instituto Virginio Gómez.

“En el centro me di cuenta de que la mía no era la vida, porque no puedes ser feliz quitándole a otros. Pude haber estado por más años, por tráfico, no lo sé”, dijo Mario, quien recordó que el adulto que lo llevó a robar aún cumple condena en la cárcel. “Y con eso me quedó claro que no, para allá no iba la cosa. El error se comete una vez, y ahí hay que ver si aprovechamos la oportunidad y yo lo hice”.

El apoyo en el centro

Mario sabe que el Sename hoy está en el ojo del huracán, pero su experiencia fue positiva. “A mí los educadores me motivaron a estudiar. Yo me propuse estudiar y allá tenía de todo. Ellos estaban pendientes de que no me faltara plata para el pasaje, que tuviera para comer cuando volviera, porque yo estudiaba de noche, y me dejaban una colación. También les tocó venir a buscarme a Conce, porque a las 12 de la noche no tenía locomoción. Era un apoyo gigante, ellos estaban pendientes de que yo lograra las metas que me había propuesto”. Así pasaron los dos años de carrera, pero cuando le quedaban un par de meses para terminarla, en noviembre de 2010, lo dejaron con libertad asistida especial. “Y volví a sentirme como un pajarito, me costó que no me rechazaran por lo que había vivido. Buscar trabajo me ha costado mucho por esto”. Estuvo firmando hasta 2014, cuando obtuvo el beneficio de remisión de condena.

Pero tiene un motivo mayor para surgir: tiene un hijo, Dylan (6). “Yo creo que si no paso por esta experiencia, no habría sacado una carrera, ni siquiera habría terminado el colegio. Esto me hizo mirar el mundo de una forma diferente”.

Pedro Marileo reconoció que en los recintos de Sename la infraestructura no es de las mejores, porque se echó a andar una ley sin recursos, pero los educadores se esfuerzan en apoyar a los adolescentes. En Coronel trabajamos en tener equipos interdisciplinarios en las casas, trabajando con los jóvenes. Siempre habrá dificultades con algunos chiquillos, pero eso se debe a los efectos negativos que provoca en ellos pasar a estar encerrados.

Por eso, agregó que se preocupan de motivarlos a estudiar y trabajar, para lo cual es clave que sus familias no se alejen de ellos en esas circunstancias y los sigan apoyando.

Las cifras

El total nacional de jóvenes de justicia juvenil que continuaron estudios superiores entre 2016 y 2017 son 12. De ellos cinco son de la región y los cinco son salidos del colegio El Renoval que atiende al interior del centro 20de Coronel, donde trabajan 12 profesores. y que pertenece a la Fundación Tierra de Esperanza.

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