Carta al director

Retratos de Aurora: Don José, el del acordeón

Por: Diario Concepción | 22 de Julio 2017

“Mi viejo se hizo la casa ahí en el río”. Así comenzó a contarme su historia Priscila Hernández. Ella es pobladora de la Aurora, nacida ahí, y hoy es la Presidenta de la Junta de Vecinos. Es igual que la Aurora, parece muy distante al principio pero después como que te “aguacha”.

“Mi viejo se llamaba José, se vino como en el 60 a vivir acá, yo todavía no había nacido, pero varios hermanos míos vinieron con él…” Entre conversa y conversa, me cuenta pedacitos de su historia, De cuándo llegó, donde construyeron la primera casa, de cómo miraban ese río que les dio cobijo, pero que también los mantenía en alerta cuando crecía.

No me contó mucho de qué trabajaba, yo tampoco le pregunté, pero sí sé que tenía un acordeón. Que tocaba en las iglesias. Y por lo que veo en varias fotos era su identidad. Él y su acordeón.

¿Cuántos de nosotros tenemos algo que nos identifica? Eso que parece amuleto, cábala o escudo de superhéroe, que por años nos acompaña y nos marca. Y usted querido lector tiene algo que lo identifique y lo marque. Porque no me lo cuenta, así como Don José con su acordeón, y Priscila con su Don José.

¡Es tan difícil conseguir una identidad propia! El mundo, el mercado, la sociedad trata siempre de igualarnos, de uniformarnos, de llevarnos “a la moda”. Y uno que quiere ser uno mismo.

La identidad es algo complejo. No es sólo obra del contexto social en el cual le tocó nacer, ni el país, ni el estrato social al que pertenece. La identidad se construye de pequeños momentos que nos ancla los valores, los modos de actuar en la vida, eso que nos dejan en herencia nuestros viejos.

Yo recuerdo siempre una imagen que se repite mucho en mis recuerdos. Mi abuelo trabajando en su fragua, haciendo “clavos para obra”. Todo parecía simple: poner el carbón de piedra en la fragua, prenderlo, darle vuelta a la manija del ventilador, poner los pedazos de hierro, esperar que se pongan incandescente y golpear con el martillo sobre la bigornia para darle forma. ¿Simple no? Pero no lo era tanto. ¿A cuánta temperatura debía llevarse el carbón?, ¿Cuál era el punto del hierro? ¿Con cuánta fuerza debía golpear?

Y el ver a mi abuelo en la fragua me enseñó mucho. En la vida la pasamos poniéndole carbón y oxígeno a nuestros sueños, a veces nos metemos de tal manera “que nos pasamos de revoluciones”, y en más de una ocasión es tal la pasión que le ponemos que “se nos va la mano”. Igual que en la fragua, igual que con el hierro. La experiencia, el tiempo, los ejemplos nos dan la justa medida.

Igual con el acordeón de Don José. ¿Cuánto debe abrirse el fuelle? ¿Con qué presión debo tocar las teclas? De la misma forma Don José le enseñó a Priscila, su hija, la dirigente vecinal, la combativa. Creo que la constancia, la sacó del acordeón también. Uno puede estar cansado, pero igual hay que seguir, sino se acaba la música y se termina el baile.

Aurora me mira con cara de entender y no entender. Y qué tiene que ver la fragua, el acordeón, Don José con ella. Si acá la cosa es otra. Acá la cosa pasa por no mirar, por no escuchar. Y todo el tiempo estamos hablando que uno aprende de sus viejos por lo que ve y por lo que escucha.

¿A los gobiernos les pasará lo mismo? Que en vez de escuchar y ver a sus vecinos, les parece más fácil “hacer oídos sordos” y “mirar para otro lado”.

La Aurora se tardó casi cien años en ser lo que es. A costa de golpes, de levantadas, de pruebas y de errores. Caminar por esos adoquines costó mucho sudor y muchas lágrimas. Cada casa construida es el resultado del esmero y el esfuerzo. Y ahora estamos a puertas de que todo eso se pierda. Igual que en la fragua. Si uno se pasaba en el calor, el hierro se fundía y ya no se podía recuperar.

¿Cuánto cuesta construir la memoria de un lugar? ¿Cuántas vidas pasan para darle identidad a un sector? Pareciera ser que nos conformáramos con los recuerdos. ¡Si igual quedan las fotos! ¡Después hacemos un libro! Como si eso reparara el daño.

Creo que todavía estamos a tiempo de conversar, de escuchar la melodía del diálogo, todavía podemos pensar de qué manera se golpea el hierro o se toca una nota. ¡Cuesta mucho que Concepción sea lo que es! ¿Y si le ponemos oreja a los viejos? Y de eso Aurora sabe, y mucho.

Igual que Don José con su acordeón que sigue recorriendo las calles de su Aurora querida, ahora ya no regalando notas musicales, ahora regala imágenes, fotos cálidas. ¿Fotos con un acordeón? Si Lector, ya le conté la otra vez, sacamos fotos con la caja del acordeón de Don José. Hoy le tocaba presentarse a él.

Ya, vamos, salgamos y dejemos que tomen mate tranquilos. Creo que Aurora le tiene que contar a Don José algunas cosas, de ellos, de los viejos, de sus recuerdos. Pero si quiere, venga después, y acérquese por Errázuriz con Costanera, busque a Don José y charlen un rato. ¡Hasta el próximo click!

 

Walter Blas

Foto: Archivo Familia Hernández-Garcés

Etiquetas